Y los Bee Gees cantaban

Sergio Berrocal

Agarrado fuertemente a la almohada, escuchas a los Bee Gees, que desde siempre han sido aquellos muchachos que, según la publicidad, habían crecido en una playa californiana, con los que siempre se te escapaban aquellos suspiros encogidos por el calor playero. A veces los oías solo, en una desesperante soledad y tus sábanas permanecían bien planchaditas, sin el menor arranque de emoción en arrugas. Cuando había suerte y la dulce e infantil Leda te sonreía en los brazos del poderoso Zeus, la noche podía transformarse en ilusión con un billete para la esperanza. Había noches que te encogías con los brazos pasados por la almohada en un gesto inútil e infantil.Pero de vez en cuando, la suerte te sonreía y aquella noche el baile terminaba sus últimas notas entre las sábanas almidonadas aunque afortunadamente por poco tiempo. Marie te había dejado con una sonrisa canalla chic del distrito XVI de París. Las paredes de la habitación amplia, que por una terraza enorme quería alcanzar el cielo, como si estuvieses en uno de los salones de recepción del Palacio de Itamaraty de Brasilia, te invitaban a todas las locuras.

Habían sido muchos años, muchas ilusiones, tanto esperar que ahora, esta noche mirabas por si te tropezabas con el maldito bicho chino haciendo el mal. Porque era un bicho que no creía ni en Dios ni en el diablo y solo sonreía cuando veía a su amito, el amo de China con traje de lana italiana.

No obstante gustaba del sonido de los instrumentos de los Bee Gees y a veces le veías bailar.

Marie, su Marie, se había traído al dormitorio un enorme vaso de leche que parecía recién ordeñada, y que contrastaba con el vaho de los cristales de la terraza que se hundían en el Mediterráneo.

Marie siempre tomaba la leche hirviendo. Todo en ella era fuego.

Las piernas largas, morenas naturales, morenas del aire del tiempo, incluso ahora al cabo de tantos años, se escapaban por el camisón como en una acuarela de Renoir, con pechos de parisiense desmadrada por la fiesta a orillas del Sena. Se habían encontrado allí en la isla africana al cabo de muchos años, de una infinidad de suspiros, de un sinfín de deseos. Había sido una casualidad. Una novela que él había publicado y que ella había encontrado en el aeropuerto antes de embarcar para Singapur. Cuando la vio y hubo llamado a la editorial se apresuró a cambiar el billete. Ella ya había dimitido de la televisión holandesa porque pretendía que los años habían pasado y que el cutis no lo soportaba delante de una cámara. El llevaba ya unos años jubilados con palmas y champán y sabía que los años pasaban y no te avisaban. Estaba en la última carrera y no le gustaba correr.

La última vez, hacía cosa de quince años, habían dormido juntos en un hotel coqueto y muy caro. Los dos sabían que la vida es de los que pueden pagarla. Y cuánto más pagas más tienes, más esperanzas te abre la vida.Era como en aquellos festivales de Cannes, siempre llenos hasta la bandera, donde se habían conocido en la recepción del hotel Gray D’Albion, disputándose la última habitación que estaba libre, con una sola cama inmensa, una cama de Ritz en la que te hundías y a veces te tenían que rescatar si la fiebre era alta.

Ni quisieron desayunar. Marie tenía que volver al aeropuerto faraónico para recoger sus maletas que llegaban de Amsterdam. Al coger la placa de plástico que ahora hacía de llave se besaron a toda prisa pero con la profundidad de un adiós y se citaron para la noche. Los Bee Gees debían dormir tan satisfechos como ellos. Por la noche, una vez recogidas en el Festival las acreditaciones y doce kilos de documentación –pobres árboles…– Luis preparó la habitación con la ayuda de una señora del piso que por unos francos, todavía no habíamos llegado al maldito euro, había construido algo muy personal. Era la misma camarera que le acogía todos los años por estas fechas en que Cannes, ciudad veraniega pero sin encanto, se llenaba de gente de cine y de payasos que intentaban inútilmente conseguir los pases más caros en el mercado negro, una forma como otra de presumir.

A las nueve y treinta la mesa ya estaba puesta y un mayordomo de una discreción de película de Hitchcock se encontraba en su puesto para que la sopa marsellesa estuviese como la señora quería. A las once de la noche, Luis empezó a inquietarse. Marie era la puntualidad hecha Pompadour. Llamó a su hermano que vivía en Niza y quedó frio. Marie había tenido que ser internada dos horas antes por una alarma cardíaca. Pero el cardiólogo que la trataba desde siempre había asegurado que no sería nada, tal vez la emoción, comentó con cara canalla. Luis sabía que si se hubiese precipitado a la clínica de Niza donde Marie era tratada como una faraona hubiese cometido una grave falta. No le gustaba que la viesen enferma, disminuida y, sobre todo, con el uniforme hospitalario.

Louis se frenó y rápidamente llamó a los Beeges que no tardaron en empezar a tocar. Al rato, Marie le llamaba por teléfono. –No te asustes, algo tenía que hacer para impresionarte. No olvides que manaña a las nueve en punto tienes la proyecciones de “Días de Radio” el estreno de Woody Allen. Quedaron en que él le retransmitiría por el teléfono los mejores momentos, sobre todo la deliciosa banda sonora. A las once de la mañana, a la entrada de la sala de proyecciones para la prensa del Festival de Cannes, una limusine sin marca y sin amo esperaba. Luis corrió hacia la puerta trasera que se abría. Marie estaba tan simplemente bonita como era ella. No había pasado nada. La vida continuaba. De los altavoces salieron los primeros toques de la canción que ellos preferían de los Bee Gees. El coche se puso en marcha despacito, del mismo modo que Marie se deslizaba entre las piernas de su amante, protegida por los cristales discretos. Y mientras subían casi al paso de un inglés medio y no borracho el Paseo de los Ingleses, tumbo a Niza, Marie, sin el menor pudor, se entregó a él como en las grandes ocasiones, con sus medidas de seda negra y una tremenda voluntad. Cuando los Bee Gees acabaron de cantar la canción que ellos llevaban grabada en el alma, Marie se había entregado dos veces, sin el menor pudor, soltando gritos histéricos que la estructura del coche absorbía como el sol. El chófer no oía. Ya era muy bien en el oficio para saber estar.

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