Y el coronavirus lloraba…

Sergio Berrocal 

En este nuevo y terrorífico mundo que hemos heredado los occidentales por mor de un capricho chino, vivo sin vivir en mí, asustado contantemente por el invisible coronavirus, ese bicho misterioso al que ningún hijo de cristiano ha hecho nada malo. Pero pagamos pecados que quizá el honorable Xi Jimping, heredero de la matanza de la Plaza de Tiananmen de Pekín (1989), donde quinientos o Dios sabe cuántos miles de estudiantes perecieron frente a tanques del Ejército, podría explicarnos un día con un güisqui en la diestra y un habano entre los dedos que le sobren. Tenemos suerte, a nosotros no nos han mandado más que un virus. Pero también es verdad que un tanque mata más limpiamente y además es un ratito muy corto, no la eternidad que estamos muriendo vestidos de payasos, con un tapabocas, como animales, poco jaleo en las tabernas, distancia establecida entre un ser humano y otro ser humano… La eternidad. Obedecemos sin hacernos preguntas a un ejército invisible que tal vez tenga como último objetivo convertirnos al maoísmo, aunque lo dudo, porque a Mao ya ni caso. Probablemente querrán que abracemos o que nos abrasemos en las brasas del nuevo comunismo chino, mitad campesino y mitad capitalista. Querido coronavirus, ¿sabes que tus madrecitas, las señoras de la alta sociedad china, pasan vacaciones en París donde compran las joyas que tú nunca podrás ver y duermen en hoteles de lujo del que un fumigador (de lujo, claro) te echaría a patadas? Claro que no lo sabes, tú también eres un engañado, un pobre desgraciado al que le han fijado una tarea que hacer. Mira, querido proletario Coronavirus, ya sé que no tienes culpa de nada, pero fíjate en tu alrededor y verás que nadie te sonríe, sobre todo que llevan la boca cubierta con un trapo. Deberías considerar que el papel que te han asignado no es nada glorioso y que en los libros quedará tu nombre pintado en rojo. Yo estoy convencido, al contrario de otros, que tú no eres más que una inocente víctima. Porque ya sabes que tuvisteis un líder, Mao Tse Tung, que organizó una llamada Revolución Cultural para denigrar (y liquidar) a sus enemigos y a todo el mundo de la inteligencia. Seguro que tú hubieses figurado en uno de esos desfiles de autoacusaciones de haber vivido en aquella época. Imagino que para ti no debe de ser fácil vivir en un país tan poblado, con tan poco espacio, aunque tú poco necesitas, pero siempre puedes tener ganas de estar solo y no siempre estrellado en medio de millones de tus conciudadanos. Es que sois muchos y ahí es donde tú y los tuyos tendríais una tarea interesante; liquidar todos los que sobran para vivir más anchos y más tranquilo. Pero, ya ves, aquí me tienes encerrado en mi casa porque me da miedo salir y que te metas conmigo aunque yo nunca te he hecho nada. Pero no creas, te entiendo. A mí, mi padre, un coronel del Ejército de Franco, me abandonó cuando tenía ocho añitos. ¿Imaginas lo que es eso? Pero mi madre y algunos primos me enseñaron a ser una persona normal. Ni siquiera he ido a la guerra. A ti, estoy seguro, debió de ocurrirte algo parecido, pero nadie te echó una mano ni te mandó al psicólogo. Yo he visitado más psiquiatras que prostitutas, y aquí me tienes, con esa ridícula mascarilla que me obligan a ponerme y esperando a lo que pase. Todos somos malos pero tenemos la posibilidad de cambiar. Yo estoy seguro de que tú, si te dieses un tiempo para pensarlo, reflexionarlo, te zafabas del imperio de esos malos que se pegan la gran vida en Pekín mientras a ti te obligan a recorrer el mundo para pasar por malo, un horrible algo que nadie querría tener por amigo. Aunque te diré, yo tampoco tengo muchos amigos, la verdad es que casi ninguno, pero podrías pensártelo.

En fin, yo lo que te digo… Ah, como creo que andas por esta ciudad de donde te escribo, te señalo que el ayuntamiento ha previsto para estos días una actividad que parece muy interesante, un taller sobre “la menstruación sostenible”, creo que es una cosa para señoras y señoritas. El problema es que yo no sé a qué sexo perteneces tú. Pero si quieres pásate por el ayuntamiento que, además, siempre te da algún canapé que otro. Y ya me contarás si te parece.

 

 

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