Se roban, se venden vacunas anti pandemia

Sergio Berrocal 

La dulce España de Carmen la enamorada y otras tonterías folclóricas se está convirtiendo en uno de los países más “desobedientes” del mundo. La gente se pasa por donde puede las instrucciones para evitar la infección del coronavirus y otros aprovechan la ocasión para vacunarse sin que todavía tengan derecho. Y hay quienes las venden simplemente. Y a estas horas, ya faltan vacunas para vacunar a todo el mundo en España. Y nadie sabe cuándo tendrá la posibilidad de que se la pongan. Porque, según dicen algunos malhablados, en este país los gobernantes son tan pillos como sus administrados.

Héroes son los que aguantan hasta que les llegue la vez de ser vacunados. Lo malo es que no hay bastantes vacunas. Un ministro, el de Sanidad, ha vendido una partida considerable a la vecina Andorra, donde tiene muchos de los electores que votarán en las elecciones catalanas, a las que él se presenta. Sigue siendo ministro. Nadie le ha pegado una patada en el culo o metido en la cárcel. Sin pudor se ha hecho el loco. Y seguimos sin tener vacunas. Un alto mando militar acaba de dimitir porque le pescaron poniéndose una vacuna cuando todavía no le había tocado el turno. El hombre es tan honesto que te preguntas si pertenece al mismo país. Se ha ido solo sin que nadie le empuje. Y eso que dimitir es una palabra que en España no está en el diccionario.

Y así. En este país que está dividido en otros diecisiete países (las llamadas comunidades autónomas, realmente reinos de Taifas donde se hace lo que los mangantes locales quieren) los jerarcas de turno se sirven de las vacunas como les da la gana. Es una vergüenza que no preocupa en absoluto al gobierno socialo-comunista porque los ladrones pertenecen en general a sus propias formaciones. En Andalucía, la región más importante de España, dos expresidentes socialistas, Manuel Chaves y José Antonio Griñán han sido condenados por haber desfalcado más de 800 millones de euros, pero no ha pasado nada. El principal de ellos, Chaves, ni ha pisado la prisión.

España es un país donde la corrupción la ejercen sin el menor asco la derecha y la izquierda, pero la gente está acostumbrada, resignada o asustada. Y ha llegado la pandemia y cada uno de los gobiernos autónomos toma sus decisiones para hacer frente a la matanza. Pero a muchos ciudadanos les importa un bledo que les prohíban salir o reunirse en los bares como hacen desde que el mundo es mundo. La policía asalta regularmente locales, nuevo hasta una finca rústica, lleno de borrachos y borrachas que creían escapar a la orden de no reunirse para evitar que la pandemia se extienda. Ahí, en una ciudad, un pueblo, un lugar de gente, la policía encontró un local nocturno cerrado a cal y canto, pero el oído tísico de uno de los agentes permitió escuchar la zarabanda que había en el interior.

Entró la policía, pobrecitos míos, jugándose la vida porque el coronavirus no distingue los buenos de los malos. Y entraron como en una película del oeste, abrieron las puertas y trataron de evacuar a los borrachines, que ya llevaban horas bebiéndose hasta el agua del grifo. No se sabe cuántos infectados hubo al final de la redada. Y qué más da. Después de un año acosados por los bichos chinos la gente está desesperadamente con ganas de emborracharse, de recordar que es humana que una oruga o una bicha invisible no deberían impedirles vivir.

Porque después de tantos miedos de miedo la gente quiere vivir como sea, demostrarse que todavía puede beberse unos tragos, besarse sin mascarilla con la primera que encuentre, o incluso con su novia, con su tía, su esposa o su madre. Nacerán niños de estas juergas monacales, de esta resistencia a la desgracia y probablemente los llamarán los niños de la libertad. Ahora parece que eso tardará y es posible que hasta junio o julio, o Dios sabe cuándo, toda España no estará vacunada. Aunque entre nosotros, los hay que no creen demasiado en la vacuna milagrosa que nos ponga a salvo del coronavirus. No porque pongan en duda sus valores curativos como los taraditos de los sabelotodo que tienen algunos hijos con las piernas maltrechas porque hace muchos años se negaron a que les vacunaran y desde entonces arrastran la poliomielitis. Más bien por principio.

Pero pasan los días y van perdiéndose las esperanzas. En algunos países, ya han vacunado una parte importante de la población. Hasta en Australia, oiga usted. Y en Israel es donde más vacunan, las cosas de la vida. Pero aquí en España solo hemos visto mayormente a unas cuantas viejas a las que le ponían una inyección y algunas vacunas más que mencionan las estadística que, como ustedes saben, son números, nada más que número y que pueden engañar. ¿Dónde están los autobuses que iban a recorrer todos los pueblos, todas las calles, y te iban a llamar para que subieras en el chisme aquel donde te esperaba la sonrisa de una enfermera y la inyección milagrosa? El caso es que las radios dan cifras altas de vacunaciones. Bueno. Pero tampoco se olvide que el tratamiento consiste en dos inyecciones. Una ahora y otra cuando Dios quiera.

¿Moriremos con las botas puestas? Es decir que lucharemos por nada. Probable. Las emisoras de radio, los periódicos y todo lo que debería “informar”, están todo el día metiéndonos las vacunas por los ojos como si fueran caramelos de los Reyes Magos. Leo que en Cuba han sacado un producto, que no es una vacuna, pero que ayuda para luchar contra la rabiosa bicha china. No será una vacuna, oiga, pero algo es algo, y por lo menos da esperanzas. Y lo que necesitamos todos es un poquito de esperanza.

Aquí, en mi isla africana, donde trato de no moverme en la calle para que no me localicen los enviados especiales de Pekín, vivimos de esperanza y de las cosas (mentiras, traducen algunos) que nos cuentan los medios de comunicación, que no comunican más que lo que les ordenan sus amos. Es probable que esto sea otra gripe española y que no quede ni el apuntador porque los tarados que nos gobiernas son capaces de estropear las preciosas inyecciones de Oxford, falta de hielo para mantenerlas a la temperatura ideal o porque alguien, totalmente ajeno al gobierno, por favor, las roben y las vendan en el cercano Marruecos. Que de todo se ha visto en esta tierra y los humanos europeos no fusilan por tonterías así. En el capítulo de la desesperación, ¿Cuántos muchachos que no tenían el dinero suficiente para meterse en una fiesta clandestina terminarán por suicidarse? Queremos ser libres, cantarán algunos y algunas, queremos morirnos con el bicho maldito pero tomando una copa, dos copas o diez copas sin necesidad de ponernos mascarilla. Y da la impresión los fines de semana que hay mucho jóvenes, probablemente más de lo que se dice en la prensa, que prefieren emborracharse, apretujarse y besarse durante unas horas aún a sabiendas que esos ejercicios pueden costarles la vida.

Y, como hubiese dicho Errol Flynn, murieron con las botas puestas.

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