Nostalgia de una AFP perdida

Sergio Berrocal 

(No tengo archivos ni nada que se parezca pero de vez en cuando aparecen entre mis papeles datos misteriosamente archivados, publicados en algún momento ya olvidados sobre una de las más grandes aventuras del periodismo de los años sesenta. Son notas que juntándolas pueden dar algo que leer. Y que se me perdone referirme constantemente a la Agencia France Presse que yo conocí y en la que me hice periodista, ya que mi primer contrato está datado del 5 de febrero de 1960. El principio de la aventura de la AFP en Latinoamérica. Era un momento en que la agencia quería imponer su visión de la actualidad en español en América Latina). El nirvana para los periodistas hispano-latinos de mi generación allá en París en los años sesenta era conseguir ser aceptado en la Agencia France Presse, una de las tres más importantes del mundo, que por aquellos entonces, 1960, reclutaba en París barbilampiños redactores para su servicio en español, destinado a América Latina. Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro, escritores conocidos años después, formaron parte de la primera hornada. Y eso que al segundo le dejaron indebidamente sin premio Nobel y se lo dieron al otro. Yo fui el primero en sentarme en una mesa de Redacción del 13 Place de la Bourse junto a un antiguo anarquista que podía haber salido de un libro de Ernest Hemingway. Poco a poco llegaron Xavier Domingo español de Cataluña, pluma de oro y gastrónomo exquisito, Ricado Utrilla, español y que no tardó en autobautizarse “mejor periodista de agencia… en lengua española” y que terminó siendo presidente de la agencia española EFE. Y muchos otros. La mayoría española. Porque este servicio latinoamericano que se llamó Amsud lo forjaron casi enteramente jóvenes periodistas españoles, y menos jóvenes porque algunos estaban cerca de la edad de la jubilación pero sabían escribir en una lengua que mucha gente llegada posteriormente de las Américas ignoraba a veces, a menos que se hubiese podido considerar a Juan Rulfo o a Borges jóvenes redactores que aprendían un oficio.

Otro tipo curioso era Marcelo Aparicio, el periodista que casi recogió el último suspiro de Salvador Dalí, que se decía argentino pero como hablaba con tanta soltura con la curia cardenalicia teníamos dudas. Todavía hoy que se dice catalán…En aquellos tiempos aparecía y desaparecía, siempre sonriente y con un chiste catalán en sus alforjas, rellenas de los más exquisitos manjares, porque además es un gastrónomo de pro.El Desk Amsud estaba situado en el tercer piso del número 13 Place de la Bourse de París, rodeado de redacciones parecidas que ejercían en alemán, en árabe, en inglés y en todo lo que se pudiese leer. Pero éramos diferentes.

El día de mi “toma de posesión” del servicio de la tarde (el más duro, pero no sólo por la abundancia de información, ya verán…) observé horrorizado como en la mesa de redacción habían aparecido algunas botellas de ginebra provistas de sus respectivos vasos. Durante un día no dije nada pero ante el murmullo de los colegas de los otros departamentos (alemanes, ingleses, norteamericanos, franceses, árabes) decidí tomar medidas.

Al día siguiente, las botellas de ginebra habían sido reemplazadas por inocentes botellas de Coca-Cola. Lo que nadie sabía es que coca había poca. El compromiso consistía en vaciar gran parte de las botellas y rellenarlas con ginebra. Toda la Redacción estaba convencida de que los latinos habían recogido las velas de las borracheras, con lo cual mis redactores podían seguir sus brillantes carreras etílicas sin que nadie pudiese rechistar.

Mi adjunto en aquel momento era Luis Campodónico, fino poeta uruguayo que, además de su talento poético y periodístico, tenía la más bonita mujer de París en varios kilómetros a la redonda. Rodríguez era un argentino que fumaba y bebía con la misma maravilla que escribía. Pura sinfonía. Jesús tenía pinta de torero con su pelo casi de tirabuzones y su capa castellana. Era uruguayo, aunque procedía al parecer de la misma corrida, argentina y no recuerdo quien fue su padrino para que entrase en una agencia como la nuestra donde los grandes profesionales se daban bofetadas por conseguir un puesto.

Jesús había entendido desde el principio que aquello de ser periodista no podía servirle más que como trampolín para misiones más nobles y más rentables. Y desde el primer instante supo dejar bien sentado que nos hacía un favor mezclándose con semejantes descamisados y que había que tratarlo como un señorito de postín. Aunque ingenuo, no era tonto y sí algo rebuscado en sus maneras, a ratos hasta la perdición de algunos hombres. El puesto que se le encomendó fue algo así como encargado de los asuntos vaticanos.

Escribía cosas de la Iglesia ayudado por un inmenso tocho que se había comprado en Roma, el anuario pontificio. Nunca tuvo un esguince cerebral provocado por el esfuerzo.No parecía hacer gran cosa, aparte de contar chismes y algún que otro chiste. Eran tiempos de abundancia y, después de todo, tener un bufón en aquella corte donde los años empezaban a dejar marcas en aquellos niños ya viejos que habían comenzado la aventura de lanzar un servicio en español tenía hasta su gracia.

Un día desapareció y al cabo de unos años le vimos entrar vestido como un embajador en visita episcopal. La sorpresa no fue tanto que se hubiese casado con una de las fortunas más importantes del sur de Francia sino que hubiera conseguido un puesto de mírame pero no me toques en una organización internacional. Se pasaba el tiempo entre un apartamento gigantesco que había comprado en Manhattan y otro que su esposa tenía en lo más elegante de París.

Ah, olvidaba un detalle. Cuando nos llegó a la Redacción, la nota más colorida y fuerte de su currículo, no escrito por supuesto, es que había sido bailarín mundano en Montparnasse, barrio de los pintores, donde pasó unos años enseñando a la buena sociedad francesa a bailar el tango. Ignoro si fue allí donde pescó novia y posición social.

Julio Antonio era argentino de lo más curtido de Buenos Aires. Muy alto, con el pelo plateado desde el primer día, es decir que el blanco cabello no fue en su caso producto de las miserias que a los demás nos tocaba pasar entre un trabajo al borde constante de la depresión y un sueldo que nos llegaba malamente para subsistir. Era realmente un tipo simpático, con mucha vista, que se hacía apreciar por su elegancia un poco cateta de Mendoza pero eficaz. Las féminas lo adoraban y los hombres lo soportaban. A mi gran sorpresa se reveló un periodista que sabía entender y ejecutar, algo muy raro en esta profesión donde el individualismo y el ego acaban con todas las buenas voluntades.

Se encargó desde el primer momento, y tras el obligada paso por la Redacción de a pie, del cuerpo diplomático en París. Y entre dos cócteles en las embajadas y la botadura de un buque para cualquier país latinoamericano en Nantes le quedaba tiempo para escribir sus libros y jugar al enviado especial por los resbaladizos escenarios de los festivales de cine.Nunca pude saber por qué le fascinaba asistir al de cine norteamericano que empezaba a celebrarse en Deauville, en la costa normanda, ciudad célebre por su casino, sus playas y su lluvia. Pronto descubriría en él una eficacia que raramente había encontrado en otros periodistas.

Bastaba con llamarle por teléfono y decirle “Mándame cuatrocientas palabras donde resaltes el color violeta de los ojos de Elizabeth Taylor” para que media hora después tuviese uno en las manos una nota que hábilmente vestida por un redactor anónimo se convertía en una crónica de primera magnitud que al día siguiente sería publicada por la mayoría de nuestros clientes.Su debilidad eran las mujeres, en las que ponía tanto empeño y a las que dedicaba tanto espacio de su vida que fatalmente conquistaba alguna que otra. Como no se conocía todavía el Viagra y a él a veces le fallaba el aparato de conexión inventaba las cosas más peregrinas. Uno de sus trucos era llevar a su conquista a un hotel (siempre el mismo, y del que teníamos la línea directa para interceptar las llamadas de su esposa virgen y mártir), y mientras la amiga de turno se preparaba él se encerraba en el cuarto de baño en cuya puerta aparecía al rato y a contraluz exhibiendo un paquete de auténtico torero.

La admiración de ellas y la oscuridad de la habitación hacían que la ilusión fuese perfecta. Se metía en la cama y entonces se quitaba el medio kilo de algodón que llevaba en el calzoncillo para parecer más viril. Y cuando el caso era desesperado sacaba previamente de un cofre de cuya llave pequeña no se separaba nunca una especie de aparejo con el que podía dejar en las cuerdas al actor porno mejor dotado.

Por aquel nuestro servicio transitó también un negro cubano, Carlos Moore, que creo estuvo más tarde de profesor en alguna universidad de Estados Unidos después de haber intentado hacer la revolución mundial por su cuenta. Carlitos, como nos dejaba llamarle cariñosamente, había sido boxeador en otros tiempos y en otro hemisferio y aunque no recuerdo si fue campeón de pesos ligeros quienes habían tenido la tontería de pelearse con él aseguraban que tenía una derecha de KO técnico seguro.

A punto estuve de poder verificar si la reputación era cierta una ajetreada tarde en que desde un profundo y mísero país africano nos llegó una corta información diciendo que el pasado fin de semana un centenar de personas habían muerto al despeñarse un camión.

Mi adjunto, Campodónico, uruguayo y poeta por más señas, me consultó si dábamos una información con la mención de BOLETIN o URGENTE.Yo, que andaba sumido en profundas meditaciones de política internacional, contesté fastidiado y distraídamente : « Coño, no exageres, que son negros… »De pronto comprendí la estupidez racista, pero perfectamente aceptada en la escala de « valores » periodísticos para medir las catástrofes, cuando descubrí como en un primer plano de Sergio Leone los ojos de Carlitos Moore que parecían dar vueltas en sus órbitas como si quisiesen ir de paseo. Reinó durante larguísimos segundos lo que literariamente suele describirse como un silencio de muerte (les aseguro que, nunca fue mejor empleada esta expresión), y al cabo de un tiempo que me pareció realmente infinito vi cómo los ojos del cubano volvían a su posición normal y soltaba una carcajada.

Afortunadamente, además de una buena pegada, tenía sentido del humor. Me había salvado la campanada de su risa. Dicen que hasta llegó a ser ministro en un país de Africa. Fueron 38 años de servicio, y era un hecho tan excepcional que cuando volví a España desde Brasil, mi último puesto, me encontré un diploma donde decía “Medalla de honor del Trabajo” y una medalla de oro, que el secretariado del Presidente Jacques Chirac, un tipo bastante cumplidor, me había mandado de París a Brasilia y cuando vieron que ya me había ido me buscaron hasta dar conmigo en esta isla africana.

Un amigo, que era director de personal de la AFP, me explicó sin ningún rubor que esa distinción se la concedían exclusivamente a los periodistas que habían sido capaces de resistir todos esos años (se podía llegar creo que hasta cuarenta, pero no sé en qué estado) en la misma firma y como yo me había criado casi en France Presse no tenía demasiado mérito.La France Presse de mis tiempos era no solamente la agencia mundial más buscada por su seriedad sino que tenía un sentido del humor fuera de serie. Cuando decidí colgar los guantes a los sesenta años, apoyándome en un decreto presidencial recién salido, hubo tal alboroto de alegría en el bando de digamos “los malos”, y es que aquellos argentinos y uruguayos no me querían mucho, que el director de la AFP Montevideo, que se había convertido en el centro del Desk Amsud para el mundo, aunque Dios sabe por qué…, me invitó con todos los gastos pagados un par de días a la ciudad de Mario Benedetti, lo cual me dio la alegría de pisotear los lugares que el enorme poeta recorrió millones de veces.

Me ofrecieron una recepción por todo lo alto, con champán al por mayor traído directamente de París, aunque se les veía el entusiasmo hacia mi persona cuando con alguna insistencia, es cierto, y no me di cuenta hasta el final, unos y otros –ya eran todos periodistas latinos, los españoles habían sido barrido por un decreto casi racial—me preguntaban con una falsa sonrisa si era verdad que me retiraba, me jubilaba, que no tendría nada más que ver con ellos, como si pensasen que casi cuarenta años para un periodista como yo, hecho en la calle, sin grandes títulos como algunos de nuestros colegas que habían ido incluso a la escuela de pago, ya era bastante. Cuando se calentó el ambiente, deliciosos los canapés, Merci Monsieur C., empezamos a hablar de nuestra hoja de campaña. Casi todos me decían que habían estudiado en no sé cuántas universidades, con esa elegancia que tienen los pobres cuando por fin les han dejado probar el salmón ahumado.Y llegó mi turno de destapar mis méritos. Durante un buen rato, cada vez que uno de aquellos muchachitos vociferaba la escuela, universidad o paraíso del que procedía, yo los miraba con todo el desprecio que había ensayado durante el vuelo Brasilia-Montevideo. Y cuando quisieron saber de qué gran centro del saber procedía yo, les miré durante unos minutos, todos callados, en plano a lo Sergio Leone, me tomé un par de copas más que me servía una maravillosa compañera con la que luego no fui todo lo caballero que debía haber sido, y me decidí:

–Yo hice todos mis estudios en la UPC.

Hubo un silencio que no creo que se oirían ni en los calabozos en los que Benedetti aprendió cosas tan maravillosas como aquella que dice que él cree en Dios cada vez que ve las piernas de su señora.Mi amiga me miró como si hubiese hablado en finlandés, todo el mundo calló y el champán dejó de tintinear en las copas de cristal fino.

-Todos ustedes conocen a nuestro director adjunto en La Habana, al que todos llamamos Chango. Él fue quien me guió hacia esa escuela. Y ya lo ven, ahí lo tienen dirigiendo una de las oficinas de la AFP más difíciles del mundo.Duró el silencio lo que yo tardé en ponerme mi gabardina, después de haberle ofrecido su abrigo a mi acompañante. Durante dos o tres calles los dos estuvimos muy callados. Ella no se atrevía a mirarme pero cuando nos metimos en un bar que todavía estaba abierto, y en el que me habían dicho que iba Benedetti, ella, mujer al fin y al cabo, no se pudo aguantar.

-¿Qué es esa escuela tuya tan exquisita de la que ninguno de nosotros ha oído hablar?, preguntó sin poder aguantarse más. Después de no poder contener una bocanada de risa expliqué.

-No sé. A Chango le hicieron la misma pregunta en una cena diplomática del más alto nivel y dio la respuesta que ya has oído: UPC. Cuando nos llevamos las copas a los labios, la saqué de su perplejidad:

El me dijo siempre que era… ¡la Universidad de la Puta Calle!

El champán de mi acompañante me llenó de tal modo las gafas que un elegante camarero todo vestido de negro acudió presto, como suelen hacerlo o solían hacerlo los camareros uruguayos, con un paño bordado para permitirme que recobrase la vista. Esto que les he contado son cosillas de aquellos años y entre los nombres de redactores que he citado faltan probablemente los mejores, grandes periodistas con los que se construiría otro imperio de Rupert Muldoch. Los nombres están consignados como joyas de Cartier en otro libro y en muchos artículos que desde hace año he publicado sobre la AFP. Perdonen, pues, si no los repito. Cuando regresé a París, pedí saludar al Presidente Director General de la AFP, que no era ninguno de los que se habían sucedido en mi vida de agenciero. Creo incluso que acababa de llegar y decían que le gustaba ponerse al corriente de lo que ocurría. Me fijó la cita con cierta rapidez, pero es cierto que me habían asegurado que era un hombre muy curioso. En el despacho del séptimo piso, por donde pasaron otros grandes nombres del periodismo mundial, había reinado desde los comienzos de la AFP Jean Marin, el verdadero fundador de la que era la agencia de noticias más antigua del mundo. El nuevo Presidente me acogió con educación y una mijita de simulacro de cordialidad.

Hablamos un rato. Y cuando intuí que era la hora de marcharme le advertí: -Señor Presidente, permítame decirle, y solo he venido para esto, que con mi jubilación se le va el mejor periodista de la Agencia France Presse. El hombre, se le veía de buena familia, se atragantó un poco, no contestó pero me invitó a un café. Cuando iba a coger el ascensor, su secretaria, que había oído la frase que correría por la Agencia más rápidamente que el ascensor, me dedicó una sonrisa de diez quilates. Una verdadera rosa de Ispahan. Pero me quedé sin saber oficialmente si el título que yo acababa de reivindicar de mejor periodista de la AFP había sido aceptado. El Presidente era muy discreto y creo que el secreto se lo llevó a su casa.

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