No le digas a mi madre que soy periodista

Sergio Berrocal 

Nunca se averiguó, eran tiempos muy recatados (1959) si el infarto fulminante que se lo llevó a ese que llaman el otro barrio fue culpa de la temperatura del agua o la de la chiquilla que la compartía y que estaba a orillas de la minoría de edad. La actriz norteamericana Jean Seberg (Bonjour tristesse de Françoise Sagan, A bout de souffle de Jean-Luc Godard) me enseño que el amor podía ser tan platónico como la Coca Cola. Pero, como era mujer, ella se enamoró de la tequila, de otro, y murió de la forma más infame en 1979. Tenía 41 años.En el mismo París de los sesenta – ya sé, mi nostalgia es repetitiva pero es lo único que me queda; eso y la rabia – con la bailarina y actriz cubana Chelo Alonso, monumento de mujer que habría vuelto loco a cualquier clásico de la pintura holandesa, como dejó majareta a un sultán, aprendí a echarle güisqui a la Coca Cola. Lo único que podría reprocharle es que una noche loca como Marilyn Monroe con faldas y con el saxofón de Tony Curtis entre los pechos, truncó mi iniciación a la homosexualidad de altos vuelos. (Sí, porque en todo hay Airbus y planeadores). Años después de conocer a Errol Flynn en Tánger, conocí en París a su hijo Sean, fruto de uno de sus más atronadores idilios. Con silencios donde el papá ponía ruidosa jactancia, el muchacho me enseñó que el sentido de la vergüenza hecha pundonor puede tener un precio muy alto. Lo pagó sin pestañear (o tal vez pestañease, que yo no estaba allí) cuando una bomba se lo llevó en una carretera de Camboya donde quería hacer fotos (o tal vez buscar la muerte).

Sean no había tenido éxito como actor y probablemente tampoco como amante. En ambas profesiones nunca le llegó a los calcetines del papá.(Ese maldito padre que sin recurrir a Sigmund Freud y a su completo de Edipo casi siempre nos arruina la vida). En medio de un general que gobernó a Francia, un iluminado que también quiso gobernarla, y que lo intenta todavía, escritores de tres al cuarto y otra gente de mal nacer, los personajes más exhaustivos que me han dado para ver y contar siempre han sido gente anónima.

Hubo un trapero santo que me paseó un amanecer por las afueras pobres de París y que era más sabio que cualquier Presidente, primer ministro o ministro que desde Pernambuco a Madrid quiso convencerme alguna vez de la bondad de la clase política.Una tarde, al caer el día, encontré en una montaña roja de Brasil a un jovencillo campesino sin tierra que me atufó con una bocanada de aire fresco cuando me confesó que su ambición era marchar un día sobre Brasilia, la capital federal, la capital del dinero, del poder y de la corrupción, al frente de los cientos de campesinos sin esperanzas que compartían con él aquellas tierras ocupadas en las que me invitó a una suculenta “feijoada”.

Mucho después, me recordó a un célebre oncólogo francés que otra tarde, en la montaña gris de París, me gritó toda la desesperanza del mundo en medio de una sala repleta de niños cancerosos. (Acaba de hacerme pensar en el grito sin el menor atisbo de esperanza con que me estremeció una mañana temprano en el Festival de Cannes el actor Harvey Keitel, moderno Ulises perdido en el infierno de los Balcanes, en Sarajevo más precisamente). Un degollado de la vagina – de todo hay en el huerto del Señor – era el campeón mundial de los pesos pesados, Carlos Monzón, argentino por más señas. Eran tiempos en que París vibraba hasta por el boxeo.

Nos veíamos frecuentemente en los entrenamientos y a ratos con el actor Alain Delon, que creía encanallarse “apadrinando” a boxeadores. Monzón terminó matando a su mujer y al rato se mató en un accidente. Lo cual tendería a probar que Dios no siempre está ausente. Delon sigue vivo pero parece muerto de la vida. Uno tenía sus compensaciones cuando se tropezaba con personajes como aquella princesa de ojos verdes y tristes que esperaba en París el momento de contraer matrimonio con el rey de Irak. Una mañana nos enteramos que el monarca había sido colgado por unos revoltosos no lejos de su palacio, en el Bagdad de las mil y una noches. El jefe de los insurrectos era un tal Sadam Hussein. El “liberador” sería “liberado” a su vez por George Bush y la princesa que me servía té con una sonrisa de Soraya (aquella de cuando Irán se llamaba Persia y no temía un ataque de los bellos marines norteamericanos) se quedó compuesta y sin novio.Otro hombre excepcional, por el que hasta merecía la pena ser periodista, era Salvador Dalí. Le conocí en París ya con los años acuesta queriendo desesperadamente a la misma mujer, una musa, Gala, para la que él declinaba en aquella “suite” del Hotel Meurice nombres dulces que susurraba: Galuchka o Graiva.Nuestras vidas volvieron a cruzarse en Madrid cuando él esperaba la muerte como una liberación porque Gala había tenido la terrible idea de morirse antes.Toda esa gente fue mi capital, mis universidades, como decía un cantante francés de cuyo nombre ya me he olvidado. Mi vida. Mi principio y mi fin.

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