Mujeres de ensueño

Sergio Berrocal | Maqueta

Un cuerpo de mujer que se deja caer en un sillón de cuero con olor a viejo en espera de que el camarero se acerque, al que le ofrece un guiño lindo y tranquilo de sus labios rojizos.

Oír a una mujer suspirar con los ojos perdidos en las olas del mar en espera de un barco con el que querría atravesar el horizonte y perderse lejos de todas estas amenazas de bichos extranjeros.

Ver a un grupo de muchachas con faldas escocesas riendo con la locura de la juventud mientras una orquestina se sitúa un poco más lejos. Sonríen con todos sus dientes, a los que no ha escapado una cerda de sus cepillos y cuando los músicos hacen hablar sus instrumentos ellas inician con cara seria y ojos soñadores un baile irlandés de puntillas perdido en la niebla de una nube de cerveza de Dublin.

Unos ojos de mujer sin saber qué decidir, porque la mirada de una señora, de los doce a los noventa años siempre contiene mensajes, intenciones y en todo caso, en el peor de los casos, un ratito de felicidad.

Desde que los desgraciados de los chinos nos han regalado bichos invisibles y dañinos que provocan fuga hacia la intimidad del rostro, siempre cubierto por una careta que nada tiene que ver con el Carnaval de Venecia ni ningún carnaval. Desde entonces, la cotización de la mujer ha saltado en las bolsas del corazón como el oro cuando los ataques de los mau mau en África.

Desde que el bicho amenaza con matarnos, con borrarnos del mundo, hemos entendido que ellas son lo más valioso que tenemos y nos gustaría incluso raptarlas para protegerlas en un castillo de ilusiones y deseos.

Gracias a los chinos malolientes y siniestros que nos han regalado el coronavirus, los hombres nos hemos percatado de que las mujeres son el único bien que tenemos frente a nuestros miedos, a nuestras incertidumbres.

Tocar largamente la mano de una mujer como en una caricia interminable de despedida o de llegada, mientras los ojos quieren escaparse del pañuelo protector e invasor es uno de los placeres más bellos que tenemos gracias al bicho.

Con la necesidad obligatoria de llevar una mascarilla, las mujeres han puesto en el mercado occidental la belleza oriental de una abéñula, la luz de unas pupilas y el secreto deseo de señoras estupendas que antes no se atrevían a mirar a un hombre en los ojos.

Qué felices deben de ser los oftalmólogos desde que las mujeres no pueden esconderse en sus gabinetes con un pañuelo y tienen que mirar fijamente, a veces con las pupilas dilatadas por un líquido misterioso. Quién sabe cuántos amores pueden surgir de una de esas consultas. Porque el pobre oftalmólogo tampoco ve los ojos de las mujeres como antes, cuando todo era rutina.

En Cuba he visto fotos de mujeres con pañuelos en la cara, en general de color negro, que forman como un maquillaje largamente estudiado por especialistas maquilladores.

Son tan bellos esos oculta ojos que te casarías con la dama que los lleva sin mirar ni preguntar nada más. El gobierno cubano utiliza las mascarillas para hacer publicidad de Cuba.

¿Se imaginan la ilusión de encontrarse con una señora enmascarada y luego verse con ella a solas, lejos de la muerte, en una habitación discreta, destapar los ojos. Claro, también puede ser una desilusión, pero ¿y la espera?

La mascarilla anti virus se ha convertido en un auténtico accesorio de bellezas. Hay empresas en el mundo que compiten para que sus producciones sean las más sexis. Porque no se olviden nunca que los ojos son el lugar más sexy de una mujer.

Unas pestañas negras con pupilas por encima de una mascarilla negra, moda lanzada por los cubanos oficialistas, supongo que para atraer turistas, es lo más bello que pueda ofrecer una mujer en estos tiempos en que los chinos se han vuelto censores morales con sus bichos repugnantes.

Pasé años en el norte de África, cerca de mi isla africana, donde casi todas las hembras mayores de doce años ocultaban los ojos como el secreto e insustituible himen. Penetrarlo o romperlo no era la audacia, sino simplemente conseguir que ella bajase su fortaleza que le cubría los ojos, detrás de los cuales se escondían todos los secretos de una virgen.

Niñas, mocitas, mujeres ya hechas por el tiempo, la mala leche de un mal nacido o simplemente la vida puta vida. Escondidas detrás de un antifaz que garantiza el misterio de su belleza, o de la imaginación de una belleza que no existe más que en la libido del macho cabrío, van por el mundo dejando admirar la imaginación.

Pero aquellas lindas moritas escondían lo más bello de sus cuerpos locos por tradición. Ahora, las mujeres occidentales, africanas o lo que sea se esconden, se parapetan de un bicho mortal. Y los hombres tienen también que llevar ese parapeto contra la enfermedad. El sueño realizado del homosexual loco.

La vida que no deja de morir.

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