Los ojos de La Habana son verdes (2002)

Sergio Berrocal 

Todos los que teníamos los veintitantos años de la ilusión todavía virgen al comienzo de los años sesenta habíamos saludado con la alegría de la esperanza el triunfo de Fidel Castro. Una especie de Zorro, con más barba que bigote, que había hecho poner piés en polvorosa a un sargento García que no era tan bonachón y se llamaba en realidad Fulgencio Batista. Sus delirios de grandeza le habían llevado a dominar y regir con mano de sargento chusquero un país del que los europeos conocíamos poco y menos. Mis primeras vivencias de Cuba a más de ocho mil kilómetros de distancia no fueron las pulposas mulatas que alguna vez habíamos visto en alguna revista. Yo entré en pensamiento con esa isla caribeña con el estupendo semanario Bohemia que, no sé cómo ni por qué, encontraba de vez en cuando en París, donde por aquel entonces hacía mis humanidades de periodista novato. Recuerdo que una foto de página entera de esta publicación en la que Fidel Castro reflejaba en unos ojos cachondos toda la alegría, toda la esperanza de la juventud, se convirtió en un cuadro que durante mucho tiempo presidió el comedor de mi pequeño apartamento de la parisiense Rue Rodier. Eran otros tiempos y quienes escribíamos con el fervor casi clamoroso de nuestros veinte años no nos creíamos genios del periodismo. Aprendíamos en el tajo de la vida, yo primero en la Agencia Keystone Press y luego formando parte del primer equipo que desde el edificio de la Agencia France-Presse en París empezó en 1960, precisamente ese año en que ya Castro había asentado su triunfo, a difundir por toda América Latina y en español las informaciones mundiales de ese monstruo de la noticia al por mayor.

Aunque en realidad nos interesaban más las muchachas que la política, la entrada de Fidel Castro en La Habana y aquella escena imaginable sólo para Meliés, genio de los efectos especiales de los comienzos del cinematógrafo, en la que dos palomas se posaban sobre las hombreras verde olivo del conquistador de la libertad cubana nos llenaba de respeto casi místico.

Nada más instalarse Castro en La Habana, en Europa surgieron repentinas vocaciones de “misioneros revolucionarios”, muchachos y muchachas que aunque no hablasen una palabra de español y no hubiesen visto la caña de azúcar más que en algún documental –algunos ni tan siquiera eso—se apuntaron masiva y gratuitamente para defender la economía del castrismo, aunque no sabían por dónde iban los tiros.

Por lo que me han contado algunos viejos cubanos, los voluntarios tenían eso, muy buena voluntad, pero a la hora de coger un machete para cortar la caña se las veían y se las deseaban. En estas condiciones es de imaginar que en poco tiempo causaron más daños ecológicos que los ciclones que regularmente visitan Cuba. Lo que sí aprendieron bastante bien fue a tomar ron con cuarenta grados a la sombra. De aquella aventura quedaron algunos resultados muy palpables. Personalmente llegué a conocer a una modelo habanera de una belleza deslumbrante nacida de uno de aquellos improvisados cortadores de caña europeos y de una cubana revolucionaria. Cuando pienso en ella me dan ganas de perdonar, por mi cuenta, claro está, todos los daños que la inexperiencia les llevó a hacer.

Mi primera visita a La Habana coincidió, aunque no elegí el momento, con el instante en que Fidel Castro había tenido que aliarse a la Unión Soviética antes las demenciales exigencias de Estados Unidos, que parecían no haber olvidado que La Habana había sido su burdel particular en tiempos de Batista. Y eso que ni Bush padre ni Bush hijo habían accedido todavía a la Casa Blanca.

Viajamos en uno de los destartalados Ilyuchin que los “hermanos” soviéticos habían cedido a los cubanos. Cuando subí al aparato en un aeropuerto de París aquello parecía un viaje organizado para hipis visto y corregido por el humanismo europeo. Creo recordar que el aparato no había alcanzado su altitud de crucero cuando todo el mundo, en su mayoría chavales y chavalas, algunos de los cuales se empeñaban en destrozar las cuerdas de unas guitarras para dar más autenticidad a sus disfraces, estaban ya borrachos como cubas. La cerveza cubana había sido servida generosamente por dos azafatas con tremendos cuerpazos que me recordaban a mi amiga cubana Chelo Alonso, que durante mucho tiempo fue la estrella del parisiense teatro Folies Bergère, en cuya sala cientos de espectadores babeaban todas las noches mirando sus generosos muslos que exhibía sin reparo e imaginando lo que ella ocultaba todavía.

Cuando llegamos al aeropuerto canadiense de Gander –había que hacer una escala y por supuesto que no podía ser en territorio yanqui—de mi alcohólico sueño me sacaron las estridentes sirenas de media docena de patrulleros que rodeaban el avión como si Ben Laden ya existiese y hubiese decidido viajar con nosotros.

Entonces comprendí por qué tanta generosidad con la cerveza. Era probablemente una forma como otra de que no oyésemos los fallos del aparato cuyo tren de aterrizaje expiró nada más tocar la nieve canadiense. Tuvimos que pasar la noche en una terminal tan endemoniadamente elegante que creo que hubiesen mandado a la silla eléctrica al primero que hubiese escupido en el suelo. Allí, la cerveza canadiense nos hizo menos larga la espera de la reparación del tren de aterrizaje que, si mal no recuerdo, se prolongó hasta casi el alba.

Mi primera llegada al aeropuerto José Martí de La Habana, una sucesión de barracones que nada tiene que ver con el que luego construyeron los canadienses, fue algo que hoy todavía me cuesta trabajo olvidar. Hijo de una Europa sumida en un sueño de siglos y convertida en un cementerio en forma de museo descubría por primera vez el olor a chirimoya podrida que durante toda mi vida me perseguiría como la esencia de un trópico donde la locura rima con hermosura.

A la salida del aeropuerto, una chiquilla de diecisiete o dieciocho años, vestida de negro, con pelo azabache y ojos verdes rabiosos. Rojos labios como herida de amor propio. Se la lleva un viajero con maleta cansada. A la niña le chispean los ojos verdes como el delco del autobús que se niega a llevarnos al hotel. Mañana de invierno cubano –hiela en París– con olor a chirimolla podrida, penetrante, de borrachera. Por la amplia avenida que sube al Copelia, templo mundial del helado, las chiquillas y las señoras se contonean en ceñidos vaqueros con la marca yanqui de Donna Sumer pegada en el culo, último grito en este mes de diciembre caribeño. En medio de Buick, Plymout y otros Chevrolet de los años cincuenta que embelesan a los europeos, mi primera miliciana. Chaquetilla y pantalón verde olivo. Sobre el pecho izquierdo, una discreta etiqueta — Ministerio del Interior. Los dientes blancos acentúan el rosa de la lengua que se asoma traviesa a la punta de los labios como claveles de patio encalao. En el Salón Rojo del Hotel Capri, el olor a chirimoya me marea. Una periodista cubana, chiquita, moño negro y ojos verdes en marco de cejas profundas, me cuenta el extraño destino de esta sala de fiestas, antro de juego mafioso cuando los norteamericanos convirtieron Cuba en el puterío de los Estados Unidos. Muchos se dejaban los billetes verdes en los tapetes igualmente verdes tapetes verdes. Cuando cae la noche sobre el Caribe, rápida como un hacha de sombras oscuras, hay cola en el Salón Rojo para bailar como en tiempos de Pérez Prado. La «compañera» periodista tiene 33 anos. Criada y amamantada dentro de la Revolución que hizo llegar a La Habana a un Fidel Castro que lucía en el pecho una medalla de la Virgen de la Caridad del Cobre. Días antes, dos palomas blancas se habían parado en sus hombros durante un mitin. Ella me asegura que la Revolución lo es todo. Por supuesto que tienen problemas. El de la falta de intimidad por ejemplo para muchas parejas a las que no les queda más remedio que vivir con papá y mamá en exíguos apartamentos. La Habana se ha quedado chiquita con sus dos millones de habitantes. Pero ella se empeña. Después de tantos años de soledad –el bloqueo de Cuba por Estados Unidos no es ningún chiste– la gente de su edad sigue esperando con ilusión. O quizá más con perseverancia. «¿Has visto a nuestros niños?»… Me parece imposible que quepa tanta ilusión en un mañana que nadie ha visto todavía. Los ojos me miran serios: «Sí, yo se que nuestras tiendas son muy pobres, que nos faltan muchas cosas superfluas, pero estamos en una etapa de transición y creo honradamente en el futuro. Vosotros teneis todo, hasta violencia a destajo, y paro. Algún día, nuestra sociedad, ya verás…» Tú lo verás, compañera. Vivimos en mundos distintos, a más de trece horas de vuelo que son como años luz. Pero deja que te diga aquello de I love You, I love You, compañera. Por tu fe. Por tu inquebrantable confianza cuando a mí, representante de un mundo que se dice libre y rico, de un mundo que todo parece tenerlo y nada tiene, me cuesta trabajo creer más alla de mi Dios. Imagino que tú, mujer marxista caribeña, tienes el tuyo. Lo que no me has dicho es si es el mismo… (De “Cuba,

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