La España del fútbol y del coronavirus

Sergio Berrocal 

Hubo unos años, de 1988 a 1992, que residí en España como corresponsal de la agencia de prensa France-Presse. Yo solo había vivido en este país de pequeño, cuando corría por las calles de un pueblo andaluz.Llegué a Madrid y me enteré de que la AFP estaba amenazada por el llamado Comando Madrid de ETA, ese nido de sabandijas que mataban porque decían luchaban contra Franco. Y Franco murió tan pancho en su cama sin que le hicieran ni un rasguño. Pero hubo periodistas, más de la cuenta, a los que esos machos cabríos amenazaron y contra los que atentaron.Y sin embargo pasé esos cinco años sin ningún temor. No se me ocurría que uno de esos cobardes pudiese pegarme un tiro. Han pasado los años y ya jubilado he vuelto a España, en el bendito año 2.000 cuando me hubiese gustado, ahora que reflexiono, haber perecido en el Titanic. Ya no hay terroristas en activo, bueno, es lo que se dice, pero he encontrado un país deshecho por los enfrentamientos políticos en los que no hay buenos ni malos, todos son peores. Todos los que llenan el Parlamento son igualitos o muy parecido. Van a lo suyo, que no es lo de los demás lógicamente. Y la derecha se conude con la izquierda y cada cual saca lo que puede. Pero los terroristas de ETA siguen presentes. Recientemente uno de ellos, de los más sanguinarios, murió tranquilamente en la cárcel, donde purgaba una pena de prisión no tan larga como debería por asesinato. Naturalmente, sus partidarios, que tienen incluso un partido político reconocido de todas todas, armaron la marimorena, como si lo hubiesen fusilado,

Pero lo más terrible fue que el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, que está aliado con una extrema izquierda maligna, tuvo que agacharse y saludar la muerte del bandido en plena Asamblea Nacional como si se hubiese tratado de un héroe. Creo que ganas le faltaron de ponerse de rodillas y rezarle un padrenuestro. No quiero aburrirles. Lo peor es que he caído en este país cuando se arruina a ojos vista, las estadísticas de todos los organismos oficiales dan cuenta de ello, y para colmo de alegrías aparece el coronavirus, es regalo de nuestros amigos chinos, que por cierto hacen fabulosos negocios en España, como en casi toda Europa, con tienduchas donde encuentras de todo, a veces más caro, pero a cualquier hora y como los españoles es gente que se acuesta tarde, pues estupendo. Porque mientras las tiendas españolas no abren hasta las diez de la mañana y cierran a las ocho o las nueve, las de los chinos están a disposición a las 8 de la mañana y hasta medianoche.

Mientras, a esta isla africana, que por supuesto no tiene nada de africana los migrantes que el Rey de Marruecos nos manda en general con el virus chino ya bien aprendido aterrizan para que los españoles los curen. Y en eso, chapeau, España es un país con una sanidad estupenda y generosa. Salvo en algunas ocasiones. Como cuando dejan morir a los viejos en infames residencias, es el pomposo nombre que se le da a esas pocilgas, medio matados por gente sin escrúpulos. Aunque también tienen algunas cosillas. Cuando llegamos para una feliz jubilación a este pueblo en el año 2000, mi esposa tuvo que ser trasplantada de hígado. Preciso que soy europeo, francés, y que todos los países de Europa forman un pool sanitario con lo que un español se puede operar de lo que le de la gana en Lyon.

Cuando mi mujer acababa de ser operada, al día siguiente, un alto cargo de la administración del hospital me telefoneó –imaginan en el estado que yo estaba—para decirme que me faltaba un papel –olvidado por la central sanitaria de París—y que tendría que pagar la operación. No sé cómo no me dio un infarto. Por supuesto, arreglé el asunto, medio siglo de periodismo sirve para saber moverse en el mundo de los burócratas malditos, pero el susto todavía me dura.

Este es un detalle simplemente para que vean lo que es la España del siglo XXI. Lo bueno y lo peor. Franco fue un espantoso dictador pero los españoles todavía no han digerido la democracia, y ya hace unos años que la ejercen, y a veces dan ganas de vomitar nada más que escuchando la radio o viendo la televisión. En la España del año 2020 lo importante es el futbol y la pillería. O la pillería y el fútbol. Durante lo peor de la pandemia, los encuentros profesionales de fútbol no han cesado, aunque haya sido a puerta cerrada, sin público y con una brigada de médicos para esperar a que cayera alguno de los jugadores con el coronavirus. Había que simular el juego aunque fuese solo porque las televisiones pagaban millones de euros por cada pase.

Sea como fuere, los grandes ases del balón, que en España es donde más abundan, empezando por el listo argentino Lionel Messi, han seguido metiendo en sus cuentas bancarias enormes cantidades de dinero. Antes de que el bicho chino nos invadiera y convirtiera gran parte de España en un cementerio, daba gusto asistir a las tertulias nocturnas de la radio. Ahora es horroroso. Porque según los especialistas España está profundamente arruinada. Se mantiene con los préstamos de organismos internacionales, pero ya se dice que esas entidades van a dejar de sacar sus dineros porque saben que los españoles no lo podrán reponer nunca.

La principal industria del país era el turismo. Desde la aparición del coronavirus, todos o casi todos los hoteles están cerrados, los bares casi todos han echado también las cerraduras bien trincadas porque la gente tiene miedo. Y pese a eso el número de caídos o medio caídos en la batalla del bicho sin incontables. Hay que cerrar ciudades enteras para que la gente no se desmadre en fiestas dementes en cualquier parte, clandestinamente, desafiando las órdenes municipales y nacionales, y armen una fiesta que invariablemente terminan con traslados al hospital.

Pero está visto que el ocio, como se le llama, aunque en realidad quieren decir las borracheras inmisericordes, es el principal factor que enrabia al virus chino que no deja títere con cabeza.Y se ha dado la bochornosa imagen de que el principal telediario del país ha abierto su emisión con una serie de señores bien trajeados pidiendo por favor, casi con las lágrimas en los ojos, ellos que no han hecho en su mayoría más que estafar, para suplicar al gobierno que dejen tranquilas las borracheras y los achuchones,. Pedían el derecho a embrutecer de alcohol malo a la clientela pero a precio caro hablando de “nuestra industria”. Pedían, suplicaban los pobres míos, por favor, que el gobierno mirase lo que hacía porque se está cargando la principal industria del país, y no es mentira.

Para que tengan una idea, hasta ahora, cuando terminaba la temporada veraniega, tres meses, los chiringuitos, como se les llama, cerraban, los empleados eran enviados al paro, es decir a comer a cuenta del Estado hasta la próxima apertura, y los dueños solían, era vox populi, arreglarse vacaciones en el mar y en cruceros que costaban una millonada. Y probablemente cobrando también, y al mismo tiempo, el desempleo.La España tradicional no tiene más que una industria, el turismo, que en los meses de verano y luego en las prolongaciones invernales, llena los hoteles, las tabernas y todo lugar donde se pueda echar un trago. Pero esta vez han podido más los chinos que han obligado a un cierre.

España, la España de Mérimée, la de Carmen, la de la alegría, la del sol casi 24 horas al día se hunde en las tierras movedizas que provoca el bicho llegado del otro lado de los mares. Nadie sabe qué pasará al final, pero por el momento el dinero, la limosna que va a dar a España la Unión Europe no va a servir más que para quitar un poco de hambre. Los comedores de las organizaciones internacionales ya saben que les espera mucho trabajo y la gente se desespera porque ya apenas si se encuentra el trabajo que había hasta ahora, mal pagado y regido por leyes injustas, pero algo era algo.

España se hunde pero el fútbol, la industria-distracción que creó Francisco Franco junto con los toros para que la gente se distrajese, sigue en auge. Los grandes y los menos grandes futbolistas siguen acumulando millonadas sin tenerle miedo al coronavirus. Porque, curiosamente, los que caen en los campos alcanzados por el bicho disponen de una infraestructura de médicos tan especializados que a la semana siguiente ya los ves corriendo en busca del cheque mensual.Ya ha habido 53.000 fallecidos por el virus según el diario ABC del domingo pasado, cientos y cientos de hospitalizados. Esta es la gloriosa tarjeta de visita de la España de mediados de septiembre de 2020. Es el milagro del dinero. Los hospitales están abarrotados, hasta la bandera, los sanitarios protestan porque no pueden atender a todo el mundo, pero los futbolistas sobreviven a todos los ataques de la pandemia y siguen ahorrando para la vejez, cuando se calcula que el gobierno tendrá que bloquear las pensiones de los millones de viejos que pasaron toda la vida en espera de gozar de un poco de dinero para disfrutar.

La gente, que a veces es sabia es sus conclusiones, dice que no se explica cómo un jugador de fútbol atacado por el coronavirus está de ataque en poco tiempo. Lo que no sabe es que cada equipo tiene una riada de médicos más que especializados para que no se pierda ni una patada.España, la España cañí que siempre ha querido dar lecciones al mundo. La del Descubrimiento de América.

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