La carta

Sergio Berrocal 

El pueblo está desierto, bueno no del todo. Aunque el mercadillo de los sábados tenga la animación de los preparativos, el asfalto no suena cuando ellos pasan. Sabes que a todas partes te acompañan los bichos chinos que nos cayeron hace ya unos meses y que desde entonces no han parado de destruir vidas. Ya no les tengo miedo. Me he puesto la indispensable mascarilla que protege, ¿pero de qué Señor? ¿Te protegió el Padre cuando te arrastrabas penosamente por las calles hacia el Golgota donde te esperaba una cruz de madera mal tallada? Allí te colgarían, te clavarían, te azotarían hasta que la muerte te llegase, larga, penosa, espectacular, muerte. Decían que eras un profeta, y que blasfemabas porque te pretendías el hijo de Dios. Ibas hacia el calvario y no decías nada. Allá arriba, te esperaban los aficionados de la muerte, como si fuera una plaza de toros y tú la estrella preferida de los espectadores, acostumbrados al espectáculo de las siete de la tarde, porque ver la muerte da inmortalidad. Más de dos mil años después, los humanos seguimos haciéndonos daños, aunque a veces sea con la intervención de un bichito que nadie había invitado y que degüella como Jack el Destripador. Pero nunca ceja en su pasión por la muerte dolorosa. Yo soy de los que están aterrorizados en esta isla africana, que es el último pueblo antes de las aguas del Mediterráneo que atravesándolas llegas a África. Pero tampoco sé si me esperará allí. Otros bichos. Creo que en realidad a lo que más le tememos es a nosotros mismos. Vivimos en Europa una época de desasosiego espantoso, donde comer suena a necesidad africana, donde en un momento los niños han tenido que ir al colegio a mediodía para poder almorzar porque en sus casas muchas veces no hay nada. Cáritas, Cruz Roja, estrellas. Los psiquiatras se frotan las manos y los boticarios no digamos. Todos buscamos el remedio que nos quite algo de esta angustia que mata antes de que llegue el bicho. Y entonces te das cuenta de que cada cual reza a sus dioses y nada ni nadie se ocupa de ti. Y tú, que de pequeño te llevaban a una escuela de monjas donde eras el niño bonito, el hijo no reconocido del Coronel y de la comadrona, te sentías en seguridad. Ahora no hay monjas sino unas cuantas pastillas que entran y salen y tú pides nada más que un cachito de paz, que te dejen respirar en medio de tanto miedo.

Hace un rato venía por la calle medio corriendo de pánico y me iba acordando de Richard Widmark en aquella esplendorosa película de Elia Kazan donde el gran actor, con uniforme blanquísimo de agente sanitario en Nueva Orleans, busca desesperadamente a un hombre que ha desembarcado de uno barco y que se sabe lleva en sus venas el virus de una epidemia de peste.  Voy contándome la película para no asustarme (y se titula nada menos que “Pánico en las calles”) más pero cuando llego a mi portal Richard Widmark ha desaparecido y me tropiezo con un camarero que me dice hola. Sé que arriba, en la casa, cuando haya subido los siete pisos, encontraré algo con que refrescar mis inquietudes. Es una carta que recibí anoche. Viene de Cuba y la firma mi más vieja y fiel amiga, una periodista de primera.

“Destierra ese pesimismo absurdo. Tú seguirás siempre valorado por los lectores y los “pinos nuevos” del periodismo, que soñaban con escribir algún día uno de esos textos tuyos… Suelta las amarras y déjalos correr sin ataduras, libres, en pleno vuelo, sin mirar más que dentro de ti mismo. Y seguro verás resurgir a ese joven libre de ataduras formales, que deje de pensar solo en el mismo y se abra al mundo. Un beso.” Es la más bella carta que he recibido en mi vida, en el momento oportuno, cuando de veras quería imitar a las gaviotas y volar como ellas desde la terraza de mi casa. Nunca agradeceré lo suficiente a esa mujer con la que desde hace treinta o cuarenta años, toda la vida, nos peleamos, nos reconciliamos y creo que nos tenemos un profundo afecto. Pero ella tiene su vida a ocho mil y no sé cuántos picos de kilómetros de mi isla africana y no dejaría su Cuba ni con un regimiento de Marines empujándola con bayonetas. Es fiel a su patria y fiel a la amistad. La única auténtica patriota que conozco en esa islita. Por cierto, no recuerdo si Richard Widmark llega a tiempo para evitar que la pandemia, una como la que nosotros tenemos ahora a la puerta de nuestras casas, se propagase. Sé que el actor murió en 2008 pero ignoro si fue la peste de la película la que se lo llevó finalmente. Otra amiga me ha regalado esta cita de Alicia en el País de las maravillas, que ya me dirán ustedes; “El secreto, querida Alicia, es rodearse de personas que te hagan sonreír el corazón. Es entonces, y solo entonces, que estarás en el país de las maravillas”.

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