Fotos de muerte

Sergio Berrocal 

En tiempos ha, los del bolero y la bosanova, fui un excelente fotógrafo. Mi pasión por la imagen como radiografía de los fotografiados terminó repentinamente el día en que uno de mis modelos perdió la cabeza, real y literalmente, y otros a punto estuvieron de conocer ese paraíso que todas las religiones prometen a los creyentes. Por aquellos vericuetos de los años sesenta, muchos periodistas, sobre todo lo más menesterosos, como yo, solían ilustrar sus propios reportajes tomando las imágenes que más le convenían para sus reportajes. Entonces ignoraba que algunas tribus perdidas en el tiempo de la geografía humana se negaban a dejarse fotografiar porque creían que les robaban su alma. Mi primera experiencia en ese mundo periférico en el que la superstición más retrógrada puede confundirse con el cartesianismo más radical la tuve con una princesa egipcia que en una señorial casa del barrio más elegante y desangelado de París esperaba el momento de tomar el avión para casarse en Irak. Morena, de ojos muy claros, a menos que fueran negros, con una sonrisa que tal vez justificaba aquellos versos de “La princesa está triste/ ¿Qué tendrá la princesa?” se animó después de tomar una taza de té inglés  y empezó a hablarme en un francés amamantado en los senos del Couvent des Oiseaux, la institución más elegantemente cara para señoritas pudientes que entonces existía en Europa la Vieja, para ser más exactos en Suiza. Le quedaban algunas agradables y probablemente inestimables reminiscencias de algunas de aquellas silenciosas y recatadas monjas – algunas de las cuales tal vez fuesen hijas perdidas de grandes señores reducidas a un austero hábito por el amor de cualquier hombre, o de otra cualquier mujer, a lo Alejandro Dumas – que le habían enseñado el arte del primoroso bordado que antaño era como una tarjeta de presentación para niñas-mujeres que al salir de este convento de los pájaros eran presentadas en sociedad en suntuosos bailes de seda y champán, a los acordes de unos de esos vals de Johann Strauss que hicieron de la sociedad de la Viena del siglo XIX una locura de encajes volando en medio de los torbellinos de las primerizas pasiones.

La princesa tal vez no estuviese realmente triste pero sí parecía preocupada. Después de la entrevista con té le pedí que por favor se acercase a un encantador marco de plata maciza en el que aparecía el rostro sonriente de su futuro esposo en una mesa de marquetería de Dios sabe cuántos siglos. Me miró con sus ojos de gacela perdida en el laberíntico bosque de todos los horrores y accedió con la misma reverencia que las mujeres de su tribu tenían seguramente para hombres como el gordinflón del rey Faruk de Egipto, señor del champán y de los puros habanos. No obstante, creo que no tenía la mirada enamorada de una futura desposada en el reino de Alá. Nos separamos con un apretón de manos que a mí – enamoradizo ante Dios – me supo a poco y hubiese querido poder canjear por algo más efusivo, en la calentura de mis diecinueve años. Nos dijimos adiós, pero tontamente pensé que sería un hasta luego. Dos días más tarde, era domingo de invierno con frío parisiense de las siete de la mañana, la patrona de mi hotel llamó a la puerta de mi cuarto porque alguien me reclamaba al teléfono. El jefe de reportajes de Keystone Press, agencia para la que yo trabajaba, estaba algo agitado: “¿Tienes las fotos y la entrevista de la egipcia?”. Salí de inmediato para la agencia y cuando llegué al 25 rue Royale – con vistas a la Plaza de la Concordia, templo de la guillotina revolucionaria de 1789, y a la Iglesia de la Magdalena, paso indispensable hacia la tumba para cualquier celebridad parisiense – me reclamaron los negativos de las fotos y el texto. Como mi francés todavía era muy rudimentario esperé a que llegase mi “intérprete”, un periodista ruso blanco que solía hacer de “traductor” en mis conversaciones con el director, húngaro escapado de la revuelta de Budapest en 1956, dos años antes, cuyo conocimiento de la lengua de la Francia eterna también dejaba mucho que desear. Con el poco español que sabía, mi amigo ruso me explicó la situación. Mi princesa egipcia ya no tomaría el avión para Bagdad. El hombre que la esperaba para hacerla su esposa tenía otras preocupaciones celestiales. La noche anterior los militares habían dado un golpe de Estado y habían destituido bestialmente al Rey, hasta colgarlo. Era el hombre de la foto con marco de plata repujada de la princesa que nunca sería reina. Me quedé elegantemente espantado. Un rato más tarde, tomando una suculenta sopa rusa en un restaurante que ocultaba sus excelencias culinarias en un pasaje cercano al edificio de la Rue Royale, mi amigo ruso sacó a relucir aquella vieja leyenda de los indígenas y la fotografía de la que yo nunca oyera hablar. Fue suficientemente generoso como para no englobarme en la maldición de aquella ancestral superstición.

Otra noche, en uno de los saraos que en los años sesenta eran corrientes en París, fotografié por aburrimiento –ningún reportero les hacía caso–a la gran cantante Edith Piaf junto a un jovenzuelo llamado Marcel Cerdan, hijo de un enorme boxeador francés que cuando se mató en un avión estrellado estaba viviendo con ella un turbulento y más que apasionado romance. A la mañana siguiente, otro domingo, volvieron a despertarme al amanecer. La Piaf y su joven protegido estaban gravemente heridos en un hospital tras un terrorífico accidente de automóvil.

Tardé mucho tiempo en darme cuenta de aquellas coincidencias, a las que siguieron por lo menos dos más de las que prefiero no hablar por el momento. Hasta que un día, probablemente otro aburrido domingo con lluvia, solté la cámara casi para siempre. Me daba miedo. Y ya que estamos hablando del tema, he olvidado decirles que también fotografié a Porfirio Rubirosa, playboy internacional y posiblemente caja fuerte de algunos de los secretos más horribles del dictador Leónidas Trujillo, de la República Dominicana. Fue yerno de este insigne hombre al que sus adversarios cosieron a tiros para bien de la humanidad, aunque también es verdad que la Dominicana se ha convertido desde entonces en refugio de los turistas más sedientos de sexo que de buceo o sol. El Rubirosa dio un salto a no sé qué paraíso o qué infierno cuando su automóvil deportivo se estrelló en un bosque de París. Se dijo que había sido un accidente. Se comentó que tal vez fuese un atentado. Pero las fotos las había tomado yo, poco antes de que se encontrasen el capó del automóvil y el árbol.

Aborté mi carrera de reportero gráfico con demasiados muertos para mi gusto. Porque he olvidados algunos y ya no quiero recordar más.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!