Flores y fusiles

No nací en La Habana “entre mulatas, carboneras y rumbas”, como presume, con muy buen tino, mi amigo Manolo Somoza. Yo nací en Tetuán (Marruecos) casi isla africana, entre fusiles de ordeno y mando, uniformes militares y muchos himnos nacionales. Me trajeron al mundo cuando terminaba la espantosa guerra civil de España, salido del esperma de un coronel del ejército de Franco, el mandamás de aquel lugar hermoso y lleno de lugares propios para encerrar a los rebeldes, allá en el Hacho, y otros para fusilar. Nací seguramente porque mi padre había perdido a sus dos hijos en la guerra y su hija única se había marchado como gran actriz a Cuba, Adela Escartín.

Ya mi padre estaba en la primera bajada que tenemos todos los hombres cuando hemos pasado mucho y a menudo, muchos años de tiros e intrigas, de mujeres y de llanto. Entonces el coronel conoció a una comadrona destinada en aquella colonia, que a mí siempre me pareció medio penitenciaria, aunque es verdad que nunca me encontré con Papillon preguntando por una barca para escapar. Mi madre era una mujer bella, de estatura mediana y con una sonrisa de humilde encanto. Tenía un cuerpo del Renacimiento, criado en un pueblo de Andalucía pero que todos los hombres soñaban meter en la cama. Porque ella poseía una sonrisa de patricia y hechuras de dama de la corte de Napoleón, con muchísima picardía en unos ojos hechos para mirar el alma. El coronel vio y se quedó con ella.

Cuando ahora me tocan a mí retreta recuerdo a aquel hombre enjuto, con uniforme de ganador, una fusta que agitaba constantemente contra su pantalón de uniforme. Nunca le ví un arma encima. Ni nunca, aunque yo fuera un monosílabo de seis o siete años, nunca me habló de aquellos hermanos que habían perecido por sus ideas, a tiros, como los bravos. Pero supongo que para él engendrarme en tan bello y virginal vientre fue un triunfo inconmensurable. Así estaba seguro de irse cuando quisiera con el deber cumplido, aunque este hijo no fuese guerrero. Hasta le salió escritor, que en jerga militar dura suena a maricón.

Nuestras vidas giraban en torno a mi madre, Doña Mercedes, la profesora de partos, comadrona, galardonada por la Universidad de Granada, lo mejorcito que existía en la España que Franco había dejado para recoger bellotas con buenos cerdos negros. Oígo a Montgomery Clift con su trompeta mágica en una isla poblada de uniformes. Me avisa que pronto me tocará la hora,

Mi isla en la que nací y me crie hasta los quince años, cuando quizá en rebeldía decidí hacerme periodista y corrí a Tánger, la ciudad de todos los sueños, la verdadera Casablanca que Humphrey Bogart no vio porque lo habían metido en un lugar falso. Nunca hablé con el Coronel. El no hablaba. Ordenaba. A sus soldados, a mi madre, a las criadas, a sus ayudantes. A mi me ordenaba comer con cubiertos de plata que pesaban casi más que mis brazos y cuando notaba que estaba a punto de derramar la sopa, empezaban a correrme lágrimas que supongo se mezclaban con la rica sopa de cocido. Desde entonces odio la sopa y en alguna cena oficial la he dejado sin tocar.

Crecí, lloré mucho. Imploré. Le imploré al cielo cuando ya estaba el Coronel jubilado y un mayordomo me condujo a él en un piso suntuoso a la entrada de la Gran Via de Madrid. Quería que aquel padre viese lo que veinte años de vida habían hecho de mí. Y el muy bellaco, que ni siquiera se levantó de su sillón, con aquella mirada de mandar fusilar, de arrancarle los huevos a los moros en la guerra de las montañas marroquíes, me dejó que le contase que ya era periodista, que estaba casado, que tenía una hija. Y tuve que callar porque ya sentía las lágrimas que acudían rápidas, como cuando alzaba la cuchara de plata llena de sopa y rezaba para que no se me volcase.

Me preguntó fríamente por mi madre, ¿Cómo está Doña Mercedes?, pero con la misma pasión que ponía para dar sus órdenes a voz muy baja y cortante, que podía llevar a alguien al paraíso o al infierno. Yo salí de aquella casa, sin que se levantase una sola vez aunque fuese para tocarme la mano, ya no hubiese pedido ni un abrazo, solo una sonrisa y no oírle decir con su voz de chulada de mando: “Estoy al corriente de todos sus pasos. Sé que está usted en la Agencia France Presse”.

Cuando salí de la mansión tuve que agarrarme a los barrotes de la escalera para no caerme. Aguanté como pude las lágrimas que chorreaban por la chaqueta de aquel traje que habíamos comprado para que me viese guapo, además porque nos parecíamos mucho físicamente. Y Su Majestad despreció la mano que le tendí. Me lanzó una mirada que sin duda no le habría aceptado el más humilde de sus perros. Bajé la cabeza y entonces oí, lo juro por la Virgen, la trompeta de la película, de ese cine que me salvó de la locura.

Tardé mucho en salir del portal porque al otro lado me esperaban para saber cómo había ido esta primera vez que yo me encontraba frente al hombre que me había abandonado cuando tenía ocho años. Cuando volví a pisar la acera ancha del Madrid poderoso tenía los ojos inyectados. Recordé que tenía unas gafas Ray ban que era mi orgullo y antes de dar explicaciones y contar mentiras me las puse.

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