Fin de la muerte, comienzo de la vida

Sergio Berrocal 

Luces lejanas y apagadas, amodorradas más bien, se extienden por las calles perdidas de mi isla africana, donde empieza el Mediterráneo y termina Europa, mientras en la televisión, esa gigantesca planta de adormidera de lo más inocentes, nos da todas las esperanzas del mundo. Ya pronto se acabará el coronavirus y volveremos a cantar, a reír, a hacer el amor sin saber que el bicho nos vigila. Volveremos a vivir, como antes, mal pero libres.

Y encontramos miles de cantantes en la place du Trocadero, con el fondo de la Torre Eiffel, cantando con la alegría de la liberación, blancos, negros y colorados. Hasta algunos músicos famosos ya muertos, Chuck Berry, Elvis Presley y hasta Frank Sinatra, todavía tostado por las llamas del infierno, se han levantado de sus tumbas para acompañarnos en este himno liberador de alegría.

Estoy sentado en un café del Trocadéro, todavía existen en París. El camarero con su mandil que le llega a los pies, y que ya se ha quitado de un tirón asqueado la mascarilla castradora ahora que los bichos huyeron. Ella está llegando. Marie, más bella que Marianne, el símbolo de una Francia que siempre lucho por todos, me abraza con ansia, y me chupa como si fuera una chuchería. Hacía tanto tiempo que no conocíamos nuestras carnes. Quedamos un rato pegados, celebrando la victoria, más grandiosa que la que se coronó también en esta explanada contra los nazis, cuando Hitler tuvo que arrojar su cetro y piernas para que os quiero.

Nos hemos ido a nuestro piso que da a un rincón de la torre Eiffel. Dos auténticas palomas, ella es blanca y él negro, están incubando en la terraza y pronto nacerá un palomito, o un palomino o quizá hasta un bebé. Es la imagen de la resurrección. Nosotros también estamos renaciendo y las botellas de champán Taittinger se vacían rápidamente. Marie me arrastra a la cama, deshecha o no hecha. Cuando suena mediodía, Notre Dame echa las campanas al vuelo para celebrar la liberación. Marie está desnuda, como la trajeron al mundo y lo quiere todo, no desperdicia una gota. Lo recoge como Anais Nim y lo mete en las profundidades. Y pide más. Hoy es un gran día, me dice con sus labios que huelen a pìnos de Jerusalén y a cedros del Líbano. Las religiones nacen y mueren entre feroces gritos de alegría, como un aleluya de Haendel

Marie ha deseado quedarse en este momento embarazada como tributo a esta libertad que tanto nos sorprende y asusta. Y no se mueve. Espera que los bichitos hagan su trabajo. Es una romántica.

Nos asomamos a la terraza. París entero, el mundo entero, corre por las calles. La pandemia ha terminado. Se llevará con ella los miles de miedo, los malditos, los odiados coronavirus huyen calle abajo como corrieron aquellos alemanes de los años cuarenta cuando el loco de Ernest Hemingway dijo a gritos de borracho pudiente que había liberado París cuando en realidad él y unos cuantos soldados republicanos españoles, habían liberado el París de sus egos. Cualquier cosa. Más modestamente se habían bebido media bodega del Hotel Rittz, donde Marie y yo solíamos brindar por todo y a todas horas. Dios te bendiga, maldito borracho. Y cuando llegaba la hora del alba, subíamos a nuestra habitación y consagrábamos el amor.

Vuelve la vida. Marie no quiere que le toquen su vientre, que se confunde con los pliegues de su falda de encaje blanco. Dice que ya siente al niño que hace un rato pusimos en marcha en la cama que daba la mano todas las mañanas a la Torre Eiffel, que ya no se formaliza de los gritos que ella da, gritos de triunfo, de amor, cada vez que nos revolcamos juntos entre sabanas rotas de arrugas y de ríos de amor.

La radio ha cambiado sus programas y ya no habla de los muertos por el coronavirus ni de los próximos que caerán en esta guerra mundial que nadie ha dominado. Lo que más se oye es el himno a todo y a nada. El himno a la vida.

Corremos por la calle Royale y nos metemos en el Maxim’s, a apenas unos metros de la Place de la Concorde, donde hoy no están montadas las guillotinas que se llevaron lo más granado de la realeza de Francia. Aunque apenas es la hora del aperitivo, todo el mundo tiene una copa, una botella en las manos, que hoy no es un día cualquiera. Es el primer día de la liberación de la peor pesadilla vivida por el mundo en muchos años. Las salas de Maxim`s están llenas de todo tipo de personajes, todos, desde luego, con una copa en la mano. Y rompen, arrancan, los tapones de las botellas de champaña como los cosacos hacían con sus sables en un intento de violación de la vida. Gritería de la victoria. Gritería de adiós al miedo.

Cuando Marie y yo llegamos a mi isla africana, las calles son la prolongación de la fiesta de París. El avión que nos ha traído desde el Bourget, y donde han subido unos cuantos amigos, Cesar, el as de la aviación, Roman, el loco de la foto, Marcelo, recién llegado de Buenos Aires también liberado. Faltaría Cartier Bresson, pero esa sería ya otra película.

Marie no cesa de presumir de su vientre. Dice que dentro de él hemos fabricado el futuro del mundo y la gente, nuestros amigos, ya con una sonrisa y sin esas horribles mascarillas, sonríen totalmente, ríen y se emborrachan. Y Marie se limpia entre las piernas lo que sobró. Padre nuestro que estás en los cielos. Gracías Jesús por esta alegría que será inolvidable. Más de una vez venciste al diablo y ahora acabas de tirarlo por la ventana del olvido. Aleluya, hermanos, hemos vencido.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!