Fidel y el inocente

Sergio Berrocal

He vivido toda la guerra fría en Europa y el único país comunista que he llegado a conocer es Cuba, a más o menos ocho mil kilómetros de París.Cosas de la vida, me dirán ustedes. Pero como soy católico disidente, de la pandilla de Jesús el Nazareno, y además no creo en las casualidad, porque sería mucha casualidad que la casualidad existiera puesto que no tiene vida propia, estoy convencido de que si las ocas ocurrieron así alguna razón habría. Creo que soy uno de los pocos periodistas europeos que sigue defendiendo a capa y espada, y más bien a la metralleta, a Cuba, salvo los que se empeñan en creer que viven en Batysalandia, provincia de los sueños no cumplidos y de las ocasiones. Esto no quita para que entre la gente que me conoce en La Habana, no fui más lejos, ni siquiera a la tumba de Fidel, haya más que me odien que tengan un pelín de aprecio por mí. Y es que la envidia es muy mala, que decía mi abuelita paterna, que había estado en las guerras púnicas como aguadera, esas aguerridas mujeres que seguían a las tropas con barriles de agua y otras chucherías. Para mí todo empezó en la Cuba de los años ochenta, con apagones y mil cosas, entre ellas las jineteras que parecen haber desaparecido, probablemente para que los nuevos turistas norteamericanos no se escandalicen demasiado. Era una época en la que Fidel ordenaba y mandaba y ponía firme al propio diablo. A raíz de una pequeña charla con él, entre dos majestuosas flores tropicales de película en technicolor en el Palacio de la Revolución, supe que no le caía mal. Habíamos hablado de algunas cosas que me callo porque a nadie le importa, que para eso están los chivatos, y entonces había muchos, pero vino a cuento el olor de su uniforme verde olivo y le dije que en casa tenía uno parecido, el de mi padre bastardo, coronel de las tropas que traficaban con Franco. Le arranque un esbozo de sonrisa. Se medio rió cuando le dije que los dos uniforme parecían oler igualitamente. Estoy seguro de que Fidel supo desde el primer instante en que leyó un artículo mío que hizo parar las rotativas de Granma –era de cine, de puro cine latinoamericano, y nada más—que había una gran afinidad entre los dos. Yo le hablé de Jesús y cuando me fui me di cuenta de que tenía los mismos ojos que un crucificado con el que pasé una tarde en una iglesia casi escondida en un barrio perdido de Roma.

Ni la Revolución Francesa de 1789, que nos dio a los franceses y a los conversos como yo el orgullo que tanto nos faltaba me entusiasmó tanto como la de Cuba, aunque solo la vivía gracias a las páginas de Bohemia y de algunos documentales que echaban entonces en el cine o en la tele.. Fidel, como buen gallego, era comunista por conveniencia patriótica y le importaba un carajo que algún periodista extranjero con sus gafillas de la ultraderecha señalase alborozadamente que por muchos gritos revolucionarios que diese no se quitaba del cuello la medalla de la Patrona de Cuba, Nuestra Señora de la Caridad del cobre, que ahora espera pacientemente otro milagro en una plaza muy bonita de La Habana.

Ya sé que a muchos revolucionarios profesionales con sotana o sin ella les parecerá una barbaridad que un europeo como yo hable de Fidel. Pues miren ustedes, señores de la revolución a medida. No corrí a caballo con Fidel ni siquiera pegué tiros con él, y solo nos vimos aquella tarde-noche en un rincón del Palacio de la Revolución, pero ese hombre me enseñó a esperar, a pensar que un día yo vería una vida más justa, menos cabrona. Me equivoqué. Todo sigue igual con tendencia a peor. Se murió y el mundo sigue siendo un enorme y apestoso gallinero de sinvergüenzas y aprovechados que ya ni se preocupan de recordarle. Tienen cosas más importantes que hacer. Yo no fui más que un europeo un poco chalado que creyó en la fé, lo mismo que me pasa con Jesús, salvo que ya está muy lejos y el mundo parece cada día más condenado al infierno infinito de la maldad y de la injusticia.

Ustedes me perdonarán si les parezco un chalado, pero me he criado con los sueños que antes nos transmitían los héroes de las películas, aunque saliesen de Hollywood, USA y fuesen terroristamente macarras. Y si sonríen con suficiencia, con la maldad de los tarados y piensan que soy un inocente, mejor un inocentón tontito, peor para ustedes porque les deseo todo lo peor por los siglos de los siglos amén.

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