Fidel, papel y celuloide

Sergio Berrocal 

Es poco probable que en el camino de Fidel Castro hacia la Revolución se le cruzara el norteamericano Guido Orlando, aunque pudieron presentárselo en México, donde los dos hicieron escala, el primero en sus preparativos para hacer de Cuba otro país y el segundo a la caza un captura de clientes. Guido era capaz de convertir a un vendedor de corbatas en presidente de los Estados Unidos. O casi. Fueron los norteamericanos quienes inventaron la expresión public relations, individuos con pocos escrúpulos y más valor capaces de travestir, por ejemplo, a alguien con un mínimo de cualidades y con cierto donaire en un torero que nunca torearía en la plaza de Nueva York. Esta fue una de las múltiples hazañas intentadas y fracasadas, pero lo difícil y lo principal es intentarlo, decía este emigrante italiano con bigote recio y una cara dura a prueba de bomba atómica. Le conocí en París y la primera demostración de sus capacidades me la ofreció una tarde de primavera como tiene a veces París. Cerca de del Rond Point de los Campos Elíseos, un ciego clásico se aburría al lado de un banco verde con el clásico cartel: (Je suis aveugle) SOY CIEGO. No me cabe la menor duda de que aquella demostración el italo-norteamericana la tenía preparada y la había ensayado mil veces. En su hotel, adonde yo había ido a recogerlo, el George V, había preparado un cartel con el que bajamos por los Campos hasta ese punto. Entonces se acercó al ciego y le dijo unas palabras, muy pocas, en un francés macarrónico. Le quitó el cartel de SOY CIEGO y lo reemplazó por el que ya traía muy preparado, primorosamente redactado en francés: “Soy ciego. Es primavera. Usted puede ver el sol y la magnificiencia de la naturaleza. YO no”. Me aseguró que a partir de ese momento las ganancias del agraciado-desgraciado serían fabulosas. Nos fuimos antes de que se hiciera rico. Orlando estaba acostumbrado a estos trucos. Meterse en la campaña de un presidente de los Estados Unidos, que toda su vida había vendido corbatas, y convencerlo de prepararse para mandar en el país más poderoso del mundo. Eso me contaba que había hecho con Harry Truman quien antes de llegar a la casa Blanca tuvo problemas vitales y no le quedó más remedio que poner una mercería. Ahí encajaba Guido, la anécdota que le ayudó a vender corbatas y reclutar votantes. Fidel Castro supo quizá, bien porque oyese hablar de Orlando o por lo que fuera, que no se llega más allá de sus propias narices si no se impacta a la gente. Y lo demostró, ya con su sensacional llegada en el yate Granma, nombre que se ha convertido no solamente en la cabecera de un diario, el periódico del Partido Comunista cubano, sino en el nombre del triunfo de un hombre decidido.

Esto me hace decir que ya al comienzo o bien le aconsejaban o bien tenia nociones de esa publicidad temeraria y avanzada que se practicaba en los Estados Unidos.En su libro de memorias, a Guido se le metió en la cabeza convertir a un muchacho inútil pero guapo encontrado en una taberna neoyorquina en torero, ni más ni menos. Se atrevía porque sabía muy bien, por algo era italiano, que estaban, por supuesto, en un país donde nunca se había visto un solo toro más que en los rodeos. Y sin pensarlo demasiado decidió innovar via la chulería. Se empeñó en vestir de torero, y conseguir un negocio agradable, al chiquillo encontrado una noche de juerga. Por supuesto, el gitanillo no había visto nunca una capa y menos un toro. Estaban en Nueva York y Guido sabía, y por eso se lo pidió al gobernador, el correspondiente permiso para que su defendido, al que presentaba como una revelación nunca revelada, pudiese organizar una corrida. Por supuesto, Guido no tenía la menor idea de toros, y por su fiera poco no poseía un solo billete de dólar para buscarlos y lo único que poseía en grandes cantidades era caradura. Lo único que sabía es que los toros estaban totalmente prohibidos en ese territorio. Aunque corría el riesgo de que el gobernador hubiese accedido por cualquier locura a la corrida. Imagino que Guido, mi querido Guido, se hubiese hecho estrellar por un taxi Driver cualquiera.

Alertó a todos los periódicos, exhibiendo al guapo muchacho de perfil y de tres cuartos como si acabase de triunfar en Maracaibo o en la Luna, las nociones de los norteamericanos sobre el tema eran nulas. El gobernador prohibió, por supuesto, semejante imbecilidad, pero probablemente dejándose llevar por el afán publicitario el torerillo entró en la sombra pero ya con un cierto nombre y el reconocimiento de cientos de mujeres bonitas y adineradas. Guido Orlando puso rumbo hacia otros mundos, mientras el chiquillo descubría las faldas de las pudientes de Nueva York.Y un buen día le quiso hacer una campaña electoral al General Chrles de Gaulle, quien no le mandó fusilar porque Francia acababa de salir de la guerra y quedaba feo matar a un ciudadano norteamericano que además juraba por su madre –creo que no la tenía.—haber combatido al fascista Mussolini. Lo que probablemente era falso..

Una de las primeras cosas que hizo Fidel Castro al tomar el poder, y creo que me lo refería el cineasta Pastor Vega, fue crear una ley, la 169, mediante la cual nace el Instituto de Arte e Industria cinematográfica. Vayamos a la enciclopedia: “El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) es una institución de Cuba dedicada a la promoción de la industria cinematográfica que fue creada en 1959, 83 días después del comienzo de la Revolución Cubana. El principal evento del ICAIC es el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano”.

Fidel Castro sabía que tenía un físico de joven cinematográfico que atraía mucho a los periodistas y sobre todo a las periodistas, los primeros los norteamericanos, y sabía hablar como nadie. Una cámara era el complemento indispensable.A partir de ese momento, todas sus gestas, sus gestos, sus menores movimientos eran captados por las cámaras en documentales que luego se volvieron clásicos. Con la foto le pasaba lo mismo. Posaba como el más aguerrido actor y recuerdo muchas portadas de Bonehemia que nos llegaban al quiosco de la Place de la Bourse de París donde aparecía como el héroe que los jóvenes y menos jóvenes anhelábamos, en un panorama político occidental de señoritos y analfabetos aprovechados. Liberar Cuba con una buena cámara filmando en primer plano y un micrófono recogiendo palabra incendiarias, siempre dichas con la calma del que sabe, del que se ha aprendido la lección, fueron sus grandes armas para conseguir la atención de la prensa mundial. Eran esos años sesenta de carestía en cuanto a líderes carismáticos en el otro lado del mundo, en Europa, muy lejos de la Sierra Maestra. Con su puro reventón, sus ojos que a veces decían más que sus labios, Fidel Castro conquistó al mundo de la prensa, que es como haber ganado por KO en el primer asalto de la conquista del mundo.Lo demás vendría solo. Todavía hoy se le recuerda como el líder más cinematográfico del mundo, con su puro entre los dedos que olía a gloria.. Y todos los que hemos seguidos sus discursos impactantes sobre cualquier tema que fuera, la caña de azúcar o la necesidad de luchar contra la influencia nefasta del cine norteamericano, sabemos que conquistaba, acaparaba a un público que le oía sin mover una pestaña.

Fidel fue el primer líder de la comunicación.Kennedy el millonario, con todos sus artilugios, de guerritas a medida, mujeres bonitas y misas, no le llegaba ni a las rodillas. Fidel Castro había nacido para ser Fidel Castro, el héroe que nadie olvidará, le guste o lo odie.Y fue Fidel Castro. Y murió siendo Fidel Castro. Sin que nadie intentase quitarle su trono.Hubiese dado más de lo que tengo, menos nada, por asistir a un encuentro profesional entre el public relations Guido Orlando y el último héroe de una Revolución.Porque no se equivoquen, con la desaparición del comandante se acabaron las Revoluciones. Tal ves haya alguna más en minúsculas que terminará en un buen restaurante de Miami. Pero nada más. Y Guido sin haber presidido ni una miserable corrida de toros.

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