Evita Perón, el sueño que se fue

 

Sergio Berrocal 

Aunque ya llevo un cierto tiempo tratando de meterme en una telenovela turca no lo consigo. No logró colarme por una de esas ventanas absurdas de un palacio de Oriente que nada tiene de oriental, tal vez porque que nunca existió, convertirme en un personaje de Alicia o dejarme caer a los pies de Evita Perón, cuando todavía nadie había escrito una canción a su gloria y ella era una cualquiera hasta que un militar de correaje recio, Juan Domingo Perón, la convirtió en su musa y creó un mito que quedó en una música para el mundo entero. He querido convencerme de que ella y yo nos conocimos en un bar de copas allá en no sé qué pampa, pero es imposible, ella tenía 20 años más que yo.No sé por qué esta mañana del año Primero del coronavirus se me ha metido en la cabeza oler el abrigo de visón con el que enamoró al general Franco, cuando vino a España en una gira de amistad o de lo que fuera y los españoles en lugar de encontrarse con una dama de confesión y comunión diarias se toparon con una estrella del encantamiento, una mujer de bandera que enseñó a Europa otra forma de gobernar y de vivir.

No, no todo era maravilloso en su Argentina con la plaza de mayo de sus días gloriosos. No, los obreros no pertenecían a un documental en color de la MGM. Eran pobres pero entusiasmados, yo diría que enamorados de una idea y de una mujer. Juan domingo Perón mandaba y ella reinaba, como en los cuentos de hadas. Es más, nada tendría de extraño que ella hubiese salido de algunos de aquellos cuentos de niñas pobres y maltratadas que un día bailan con un príncipe por casualidad. Es cierto que Juan Domingo Perón no tenía nada que hiciese pensar en el bello y amanerado principito de Walt Disney que revuelve un país de las mil y una noches para encontrar a la propietaria de un zapato de cristal olvidado en la fiesta de Palacio.

Nunca vi a esa señora, a ese pedazo de mujer a menos de una pantalla del televisor. Luego vino la canción con la película, y el mundo empezó a soñar en una justicia que no teníamos, que no tenemos y que no tendremos jamás de los jamases. Ella, la mujer que sonreía y conquistaba como una de esas estrellas de Hollywood que quizá ella misma soñó ser, fue una mujer de verdad, de la que se dijo mucho, bueno y más bien malo. Pero cuando un país te aplaude, grita tu nombre y en el extranjero saben que existe esa rubia que es esposa de un Presidente, de un militar nada cinematográfico, algo tendrá la mujer.

En este año de todas las desgracias, cuando nos agarramos a un clavo ardiendo para no sucumbir al pánico horroroso del bicho chino, se me ha venido a la cabeza, y probablemente también al alma, que es donde están los sueños, la imagen de Evita Perón, su sonrisa que hubiese podido conquistar imperios del brazo de un príncipe de las mil y una noches como quedaban entonces unos cuantos en la India. Cayó con un militar de severa catadura y por lo que fuera, afán de publicidad, o quizá porque tenía un corazón que anhelaba y necesitaba aquellos desarrapados que la creían capaz de hacer todo lo mejor por ella, fue la estrella más humana y rutilante al mismo tiempo que tuvo el mundo en momentos en que también era difícil vivir.

A ella le encargaron dar de comer a los hambrientos españoles que el Caudillo regordete y feo tenía encadenados por la violencia y no por el amor. En la España de 1947, todavía convaleciente la pobrecita de la masacre de una guerra civil lóbrega, del tiro en la nunca y de las cárceles teñidas de sangre, Evita Perón debió de aparecer como un hada madrina. No solo traía comida sino que, por primera vez, aunque fuese un rato, todos los supervivientes del golpe de Estado franquista veían en muchos años una sonrisa de amistad, de amor y de esperanza. No quieran saber por qué en este domingo mustio, lleno de coronavirus la imagen de aquella hermosa mujer, que ha quedado para siempre en una canción, se me ha venido hasta la mesa negra y llena de fotos, peores que los recuerdos, que me sirve de escritorio. Ahora la veo con más precisión. Era una belleza dulce, en apariencias amable, aunque dicen que en privado podía tener muy mala uva, que cayó con sus visones entre una muchedumbre de muertos de hambre, que aclamaban su nombre como se canta a la Virgen del Pilar. Lástima. Ya no hay más Evitas. Solo nos queda la canción del recuerdo, “Don’t cry Argentina”, que André Rieu emborriza en decenas de instrumentos hasta que el más bregado siente que se le asoma una lagrimita.

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