Esperanza en el Bagdad Café

El tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado.

“El otoño del patriarca”, Gabriel García Márquez

Sergio Berrocal  

Cuando nadie que a ti te importa dice que te necesita, cuando parece que el suelo se derrumba bajo tus pies y nadie te responde cuando te arrastras para decirle que necesitas un poco de amor, el cine puede ser el bálsamo que te libere durante noventa o ciento veinte minutos de las miserias del desamor cotidiano.Una parte importante de mi existencia profesional la he pasado agarrado al parpadear de las pantallas que me transmitían unas emociones tan fuertes que nadie puede sentir con tanta intensidad. He llorado, reído, suspirado y me he cabreado por y para una película. John Ford me ha llenado de sentimientos casi patrióticos y fervorosos, me ha hecho creer en la bondad humana. Billy Wilder me ha llevado a la ensoñación. Claude Sautet me ha dado ganas de seguir viviendo, de seguir luchando. Y a veces esas sensaciones vividas en ese confesionario que es para el buen espectador una pantalla animada me han permitido seguir adelante e incluso no mirar demasiado atrás. Para los cinéfilos entre los que me apunto, a Freud le ha reemplazado un conjunto de directores de cine que de una forma u otro han estado a nuestro lado cuando les necesitábamos.Hace tiempo que he perdonado la inmensa estupidez de casi todas las televisiones europeas, muchas de las cuales no giran más que alrededor de los escándalos y de cómo llevarlos al telespectador de la forma más “realista”, porque de vez en cuando se les escapa y de sus monstruosas entrañas sale una joya del cine olvidado. La otra noche fue Bagdad Café la que se surgió de un canal alemán con la premura de las princesas violadas por los brujos y nunca despiertas por el beso de un príncipe mariquita.

Una mayor parte de los doce lectores que tengo probablemente no han visto este filme que en 1987 realizó Percy Adion. Nunca podré agradecerle como se merecen estos noventa y un minutos de felicidad mojada. Y la verdad es que no entiendo cómo puede haber gente que todavía no ha aprendido a cocinar historias bonitas. Porque cuando de pronto te sientas y de la pantalla sale una banda sonora que nunca olvidarás y un plano largo te empieza a descubrir a la enorme Marianne Sagebrecht, una actriz impresionantemente humana, casi traslúcida pese a su obesidad contemplativa, tienes que ser muy desgraciado para que no te sientas agradecido. Jasmine, la gorda, es una turista alemana, bávara para ser más precisos, al sur de todas las latitudes, que aparece como un tornado más en un motel de carretera del desierto de Mohave, allá por lo más profundo de los Estados Unidos. Nadie sabe y a nadie le importa por qué ha aterrizado allí. Es como un ET perdido y encontrado en un mundo hostil. Jasmine ocupa una habitación en ese simulacro de hotel sediento que regenta una mujer de carácter fuerte como la desgracia, Christine Kauffman, llena de dolores de la vida y de amarguras que las tempestades de arena del desierto traen y llevan con el capricho de toda meteorología que se respete.

En ese lugar perdido, en esa América profunda que el alemán Wim Wender nos hizo descubrir hace ya años con la delicadeza de un europeo cuando pisa tierra ajena, Jasmine descubre un amigo encontrado, un pintor que no sabe siquiera que a lo mejor tiene talento. Y uno queda encantado porque para ese papel casi diáfano, de película de derechos de nacer y de abortar, se ha elegido a Jack Palance, ese actor norteamericano llegado hace una eternidad de las frías estepas rusas. Como tenía un rostro desgraciado, en el que la naturaleza había escupido con rabia, una nariz de boxeador de KO en el primer asalto, todo el mundo le dio papelones de bandido, de asesino a sueldo. Un empleo con el que ha tenido momentos de gloria cuando el cine negro norteamericano rezumaba el talento violento de realizadores emigrados como Jules Dassin que con Naked City colaba el neorrealismo en el relato cinematográfico policiaco y que con Night and the City daba a Richard Widmark uno de esos personajes en blanco y negro que te permiten entrar en la historia del cine.

Pero el Jack Palance de Bagdad Café es un alma sensible, con un cuerpo de hipi metido en unos pinceles delicados que pintan con amor. Una delicia de papel. Cuando la cámara agarra el desvalido cartel que anuncia a los camioneros que están en Bagdad Café hay como una nostalgia de la magia de ese nombre propio. El Bagdad de los cuentos de las mil y una noches donde sultanes sátrapas obligaban a bellas esclavas a no parar de contar cuentos si no querían morir. El de Aladino y esa lámpara mágica con la que todos hemos soñado. El Bagdad de la más maravillosa civilización árabe que dejaría sus reflejos más gloriosos en esta isla africana mía donde hoy estoy varado en una playa que mira a Africa. Y, claro, el Bagdad de todas las muertes desde que el Imperio decidió llevar a Irak la democracia.

En ese desierto mítico, la gorda alemana – ¿habrá algo más entrañable que una mujer metidita en carnes, desbordante de carnes, que un hombre grueso como dicen los finos? – impondrá la magia que se ha traído de su lejano país. Habrá felicidad, como si ella fuese un hada buena, y hasta los camioneros embrutecidos por las hamburguesas de la eternidad yanqui sonreirán por un rato como si fuesen felices.

En otro café, uno elegante de París, me encontré anoche a Nely y al señor Arnaud (Nely et Monsieur Arnaud) que a través del encanto de las mil y un sueños de Emmanuelle Béart y la madurez interpretativa de Michel Serrault, la mano experta de uno de los grandes del cine francés, Claude Sautet, me recordaba esa historia de amor fallido entre un sexagenario y una chiquilla que apenas está entrando en la vida. (Anoche, entiéndase como anoche mi propio calendario, en una cena aburrida y de postín, una camarera que apenas había rebasado la edad legal de los dieciocho años estuvo pendiente todo el tiempo de mí. Me creí enamorado. Creí que la había enamorado. Una amiga libanesa a la que le he contado esta mañana la “aventura” me desinfló rápidamente al argumentarme que “probablemente te ha visto en la tele”. Y yo que soñaba…).

Quizá algunos de ustedes piensen que es exagerado hacer creer que el cine es una terapia cuando uno se ve envuelto por el calor de películas como estas dos de las que les he hablado. Tal vez haya quien incluso piense que es remedio de tonto con aspiraciones elitistas. Podría ser. Pero a mí me han dado un ratito de felicidad. ¿Qué más se le puede exigir hoy a la vida?

 

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