El último tango de las ostras

Sergio Berrocal 

Cuando la vida te abandona, cuando te arroja a lo lejos con el desprecio de un capitalista del siglo XXI dándole de comer a un pobre, cuando te tira en un rincón como escoba vieja de chino barriendo una vía de ferrocarril de Sergio Leone, entonces es cuando te das cuento de que un día morirás forastero. Y que no te atravesará una bala del 45 sino la maldad china enarbolada por los coronavirus. Moriré, me moriré, no tendré más remedio que morirme, que para eso tengo un seguro de incendio funerario que me garantiza petróleo suficiente para que me quemen, aunque no entiendo la necesidad de estropear también el trajecito que me pondrán sin que yo pueda decir nada. No obstante, pediré que me pongan las 54 corbatas que tengo, todas de maestros del estilismo como aquella de Céline que tuve que dejar como garantía de mi honestidad intelectual a una mujer de mi edad que quiso acompañarme a tomar una docena de ostras. Se la regalé porque no era para menos pero días después me telefoneó, nos reunimos para comer en un restaurante inolvidable de Ostender, en la Bélgica que yo siempre amé. Las ostras parecían venir de otro mundo. Es el único lugar de Europa donde se pueden comer. De pronto nos encontramos en un cuarto florido con cortinillas de flores amarillas, las de Van Gogh que él había exigido para esta probable última cena, y la corbata empezó a danzar. El, en sus tiempos alumno de los jesuitas, miembro de la Acción católica, nunca había tenido que vérselas con tal torbellino. La corbata servía de nexo entre los dos y ella la utilizaba como punto de partida y de llegada.

Cuando la muchacha, que se había engullido las ostras más jugosas con una sola botella de vino blanco, dio un suspiro que rompió el alma a las olas que casi se asomaban a las ventanas, la corbata de Céline quedó envuelta en la eternidad. Todavía en aquella tesitura el muchacho no había averiguado si ella era belga de Bruselas o flamenca, lo que parecía por su temperamento demoniaco. Las sábanas parecían salir de una lavadora alimentada con azúcar embargada por un ron blanco. Eran tiempos difíciles. Era el año 2021, el del coronavirus llegado de China para convertir el mundo en un vasto cementerio. Ella parecía una inocente rubia de las que se encuentran tantas en esa costa. En realidad ella sí creía en aquella maldición. Marie-Claude era pese a su juventud una médica experimentada que olía más allá de los olores. Ellos dos eran los dos únicos clientes del vasto bar de la playa. Y los camareros, con sus mascarillas reglamentarias, les miraban y comentaban. Pero ellos eran felices. La cerveza Vieux Temps acompañaba maravillosamente a todos esos frutos que en bandeja de plata habían llegado del mar un rato antes.

En un reservado, dos parejas más reían y se contaban en flamenco lo que debían de ser historias hilarantes. Nadie, salvo los camareros, parecía sentir el menor rubor. François sabía que nada le podía pasar que ya no le hubiese pasado. Y ella no creía mucho en esos bichos, como les llamaba la gente, venidos casi de otro planeta aunque solo hubiesen hecho el viaje desde un sencillo mercado de China. A él le importaba un bledo toda aquella angustia colectiva que había invadido al mundo. No le daba importancia porque a menos de echarle una carrera los coronavirus del Presidente de China no serían más rápidos ni más voraces. El día anterior, la deliciosa muchacha rubia que le acompañaba había estado con él en el hotel de Bruselas. El no le había contado nada pero lo sabía todo. Pero para qué remachar los ojos hundidos del médicos que le atendía desde hacía dos años. “La película se está terminando, mon ami·, le había dicho, recordando que su paciente era un apasionado del séptimo arte. El todo era otro bicho que le roía las entrañas desde hacía varios años y que el profesor internista belga, al que le habían recomendado sus compañeros del periódico, había descubierto inmediatamente pero no suficientemente a tiempo para permitirle abandonar el lujoso hospital de Bruselas con una sonrisa de esperanza.

A ella la había conocido la primera vez que estuvo en la consulta. Era la mano derecho del profesor que seguía lo que él describía como “la lenta marcha hacia el infierno”. De aquellas muchas visitas al hospital de Bruselas se había establecido una profunda amistad entre el periodista y la médica. Demasiado profunda, concluyó ella un día, el último día de la última visita. Pero no se negó a acompañarle a la costa para recoger los últimos momentos de un extraño verano. Cuando estaban bebiendo la última, quizá la penúltima serie de Vieux Temps, que habían mezclado durante toda la cena con un Riesling francés de lo más fantasioso, los dos tuvieron conciencia que el tiempo se acababa. Pero la reflexión y la tristeza duró solo unos segundos, el tiempo de recordar que en el piso que tenía la mejor vista al mal infinito y siempre rabioso tenían una habitación que les esperaba y donde habían decidido pasar el tiempo que quedara entre las ostras y la eternidad.

Sería el último tango en Ostender, con solo la música de las olas que se estrellaban casi en el enorme comedor.

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