El telefonista del cielo

Sergio Berrocal 

Cuando llegó a “su” mesa en la playa, Luis se percató de que estaba llena de cosas de mujeres, toallas, bolsas y un sinfín de inutilidades. Dos segundos después pudo ver por encima de la gafa izquierda un rostro malhumorado, pero lindo como las enviadas de los dioses del Olimpo, que le espetaba sin contemplaciones:

-¡Perdone, señor! Pero esta mesa es nuestra…

Luis la miró de refilón y vio unos labios gruesos que en ese momento no parecían estar para juegos sino más bien para morder, y no por pasión. Los ojos, que unos minutos antes echaban chispas, eran de un verde robado en cualquier selva tropical.

Fue bajando y subiendo la mirada y quedó encantado.

-Usted perdone, pero suelo sentarme todas las mañanas desde hace siete años y un día en este lugar. Escribo, reflexiono, ya sabe…

-Y a mí qué. Pero, bueno, finalmente hay sitio para los tres.

El tercer elemento del drama era una chiquilla que la señora presentó como su hija.

-Es Mónica, mi única hija y tiene 13 años.

Tomaron asiento como si no hubiese habido litigio por aquel fortín que representaba la mesa y después de que Luis le pidiera a Paco, el tabernero de hacía mil años, que se llevara el vino asqueroso que había servido, pidió su preferido, un Pinot noir que olía a paraíso tropical.

-Es un néctar, dijo con entusiasmo la señora.

– Mi mamá se llama María Dolores, pero todo el mundo la llama Lola. Lo que sucede es que ella no quiere que la llamen así porque es directora de una planta en un importante hospital de Madrid y le parece demasiada confianza.

Calló la muchacha y Luis la miró como si intentase analizar las palabras que había dicho. Y de pronto soltó:

-Joven Mónica, ¿usted y yo no nos hemos visto antes en algún sitio? Su voz me suena muy familiar, sobre todo cuando ha querido ser irónica.

La niña se lo pensó tres veces, se mordisqueó los dedos y entonces se quedó mirando fijamente al tipo aquel que acababan de conocer.

-¡Usted es el telefonista del cielo!

Hubo un silencio de Ramadán. Luis tardó solo unos segundos en entender.

Dirigiéndose aceleradamente a su madre, la niña explicó:

-Cuando murió papá, hace tres años, tú me juraste que había ido directamente al cielo y yo te dije que entonces quería que le llamásemos al cielo. A ti se te ocurrió darme un número de teléfono diciendo que era la centralita del cielo. Yo llamé y me encontré con la voz de este señor:

-Oiga, ¿es ahí el cielo? Perdone que le moleste, pero mi mamá me ha dado este teléfono porque dice que cuando se murió mi papá fue al cielo. Y me gustaría hablar con él.

La llegada le había entrado a Luis por el llamado teléfono verde, el que los terroristas de ETA utilizaban normalmente para darle partes terroríficos de ejecuciones o simplemente amenazas. Era cuando él acababa de llegar a Madrid como corresponsal de la Agencia France Presse y no estaba muy al corriente del folklore local.

-Ya, claro –suspiró él por fin—hubo aquella llamada de una niña que a punto está de darme un patatús cuando me pregunto si estaba hablando con el cielo… Ya, ya. Eras tú…

Recuerdo que te contesté: “Es cierto que tu papá está aquí. Llegó ayer tarde porque hubo problemas con los trenes interestelares, pero ahora no puede ponerse. Está conversando con un personaje muy importante que se llama Don Pedro, y que tú conocerás sin duda por San Pedro. Pero te prometo que le daré el recado y seguro que te devuelve la llamada”…

La mesa parecía de pronto a tres millones de kilómetros de la playa. Madre, hija y el telefonista del cielo permanecían callados.

Cuando la chiquilla gritó que quería ir a bañarse, la madre le dio el permiso y el encanto se rompió.

Regresó contenta con un cubito llego de algas alquitranadas. La mesa estaba repleta de manjares y del vino más exquisito. Comieron, bebieron, la niña una Fanta, rieron y trataron de olvidar el mal rato.

De pronto, y de mucho vino, los tres se declararon cansados y decidieron levantar el campo.

Las acompañó hasta el hotel de enfrente, un edificio sin gracia pero caro.

Mónica salió disparada para el ascensor con un “hasta luego” lejano.

Lola y Luis se quedaron en un rincón lleno de plantas tropicales donde un viejo, aparentemente inglés, se reponía del vino ingerido.

-Bueno, les voy a dejar. Tengo…

Antes de que se diese cuenta ella le había tomado la mano, le ofrecía sus labios y le conducía hacia uno de los ascensores al mismo tiempo que explicaba:

-Mónica ya debe de estar durmiendo en su cuarto en el quinto piso.

El ascensor aterrizó en el decimo cuarto.

-Puedes entrar, ella no viene nunca aquí. Es muy independiente.

Luis se dejó arrastrar. Como en todos este tipo de hoteles para turistas lo más singular era una enorme cama de sábanas blancas.

Sonó el despertador de su reloj de pulsera en medio de besos y promesas eternas cuando ya había entrado la noche en la habitación.

Lola y Luis se miraban pero apenas cruzaban palabra. Como si ya se lo hubiesen dicho todo en otra vida. Como si se hubiesen conocido de siempre.

Apenas amaneció, Luis salió pitando para el aeropuerto. Le esperaba un vuelo hasta París con cambio rumbo a La Habana.

Lola dormía pero solo de un ojo:

-Te llamaré.

Se estaban portando como ingleses en la visita de un perinatólogo.

Se besaron largamente, estudiosamente, pero como si ya se conocieran de una vida anterior.

Ella se durmió cuando Luis tomaba el primer taxi.

Durante todo el vuelo, regado de un blanco alsaciano frio pero a punto, Luis estuvo interrogándose. Aquello no había sido una aventura. Era un signo de Dios, cuyo hijo, Jesús, le debía más de una. Empezó a quedarse dormido cuando aterrizaban en la capital cubana.

Pasaron dos meses, veintidós días y muchas horas. De vuelta a Madrid, donde había regresado de corresponsal, Luis se acercaba veinte veces al teléfono para llamarla. No tenía su número personal, solo conocía el nombre del hospital. Su secretaria, que bebía un poquito los vientos por él, entró de sopetón a la hora del desayuno y exclamó como si el mundo se estuviese acabando:

-Don Luis, le llaman por teléfono. Es muy urgente.

Pensó con la resignación del corresponsal veterano que cualquier mequetrefe de la central de París quería encargarle algún artículo medio tonto y que se le habría ocurrido en la ceremonia matinal de la conferencia de Redacción:

– Hola, Luis, ¿Cómo estás? No me has dado la menor señal de vida en todo este tiempo.

– ¿Lola? Verás, ando muy liado y como nos despedimos en la noche, tan de pronto, sin una palabra pensé que nunca más volvería a saber de ti.

-Ya, ¿entonces por qué tu secretaria ha recorrido todos los hospitales de Madrid buscándome so pretexto de la preparación de un importante reportaje sobre la natalidad en España?

-¿Quéee? Esa muchacha está loca, ya lo habrás notado…

-No quise llamarte, aunque sabía cada día donde estabas y comulgaba contigo antes del desayuno, porque no estaba segura, porque quería esperar, porque en realidad no sabía por dónde empezar.

-Ya

-El caso es que no te he olvidado ni un segundo desde aquella mañana en que saliste pitando.

-Bueno, yo, ya comprenderás. Además, no habíamos quedado en nada y no quería molestarte.

– No sé si yo te molestaré. Pero como buen periodista que eres creo que tendría que tener tú la primicia de la noticia…

– ¿La Reina ha vuelto a parir?

– No lo sé. No me ocupo de esas cosas. Yo soy investigadora. No traigo al mundo a llorones…

– Perdona, pero yo creía.

– Escucha, Luis de no sé qué o como te llama mi hija, telefonista del cielo. Te lo voy a decir una sola vez. ¿Tienes algo para tomar nota?

-Sí, claro. Dime, dime.

– Luis, estoy embarazada de dos meses. ¡Es una niña, como la que tú perdiste en aquel accidente!. Es negrita como tú y hasta tiene rizos. La entrega se espera en siete meses a contar de ayer.

Si le hubiesen anunciado que Mao Tse Tung estaba esperándole en una antesala para una entrevista exclusiva no hubiese quedado tan patitieso.

-Esto… ¿Estás segura, no es una de tus bromas?

– Luis tu niña vuelve contigo…

Se oyó un intento de llanto en el otro lado de la línea.

Luis no supo decir más que:

-Creo que deberíamos vernos para discutir de la situación, ¿no te parece?

Zumbaron todas las líneas telefónicas del barrio. Lola acababa de colgar con una tal violencia que Luis creyó que había explotado algo.

Ya sé, no es más que una fantasía, un sueño, pero ¿y si los milagros existiesen?

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