El amor en tiempos de muerte

Sergio Berrocal

Ves la foto y no te la crees. Un judío ortodoxo, reconocible a sus trenzas y sombrero, se inclina desde un muro para besar a una chica palestina, igualmente reconocible por su ropa. Es una de las fotos de las que circulan a miles gracias a los reporteros de las agencias mundiales de información, esos héroes de los que nadie habla aunque admira lo que recogen con sus cámaras. Confieso que la foto me ha parecido de una película pero me aseguran que no. Ojalá sea así. Ello querría decir que el amor resiste a la pandemia china después de aguantar la crueldad de los israelíes, que llevan cuarenta años queriendo expulsar a los palestinos de las tierras que les quitaron para asentarse ellos y fundar un país.

En este día en que Europa está azotada por enormes tormentas de lluvia y nieve estás arrinconado en un rincón de tu casa y piensas una vez más en esos palestinos que desde hace unos cuarenta años o más viven a gusto de sus invasores los israelíes. Un enorme, largo y tedioso muro los separa y ciento de puertas de hierro les impiden el libre tránsito para ir desde sus casas, en Cisjordania, a la parte noble de Israel, donde siempre hay un papel que arreglar o un trabajo que hacer para comer. Aunque el coronavirus les mata con la misma impiedad que en cualquier parte del mundo, creo que los palestinos deben de sentirse más libres. Los israelíes, armados hasta las dentaduras postizas, siempre con ganas de matar, seguro que les hacen menos caso, y menos daño, porque el bicho chino no tiene religión ni sentimientos políticos.

Refugiado en mi isla africana, muy lejos de Cisjordania, donde me gustaría estar, lo juro por Dios, pero ya es demasiado tarde, como para el amor todo tiene su tiempo, nos enteramos de lo que los periódicos quieren contarnos, en general muchas mentiras, porque los occidentales somos la gente más egoísta del mundo. Nos importa un carajo que maten palestinos, que en Washington ataquen el Capitolio, que un embajador tenga la poca vergüenza de criticar al presidente saliente, Donald Trump, delante del cual más de una vez tuvo que hincar las rodillas y sonreír como un conejillo mal tratado. Lo que es. Y ahora volverá a hacerlo con el sucesor. Y si hace falta le limpiará los zapatos con la corbata.

Malditos occidentales. Lo tenemos todo. Comemos todos los días, nos dan vacunas para combatir al coronavirus aunque muchas veces uno se pregunta dónde están porque a ti no te la han puesto. Y todavía queremos más. Cualquiera de la gente que pasa por la calle con esos trapos en la boca, como si los bichos chinos fueran tontos, daría un riñón por protagonizar la foto de la que les hable al principio, una escena de amor en tiempos de guerra brutal. Pero estamos encerrados en nuestras comodidades, en nuestra ciudad a menudo absurda, sin sentido, porque estamos malditos, hasta los bichos chinos hacen un viaje extenuante para jodernos la mierda de vida de la que tanto nos jactamos.

Si ellos supieran que en general somos unos desgraciados, que no tenemos casi para comer, que los gobiernos que nos mandan están formados por dementes ambiciosos que nada más que piensan en atracarnos, en hacer que muchos millones de personas, mayores y niños, tengan que ir a los comedores caritativos si quieren comer, creo que nos dejarían tranquilos. Pero está claro que el dios, los dioses, según las diferentes religiones, que nos enseñaron a respetar como protectores son una mentira, unos desgraciados sinvergüenzas que no quieren a los pobres, que debían de ser los primeros en entrar en los cielos.

La gente de mi isla corre de un lado para otro, en busca de trabajo, muy escaso, casi no hay, en busca de un lugar más agradable y corren los amores que se deshacen porque no hay tiempo para amar. No tenemos tiempo de encontrarnos en el campo y querernos, que es lo único que valdría la pena. Buscas un médico y a veces no lo encuentras porque están atendiendo a la gente a la que el bicho ha atacado. Y lloras porque sabes que nada es como antes y que nunca será como antes. El amor ya no vale en tiempos del cólera. Aquella enfermera que te salvó la vida o por lo menos el dolor en un hospital de la capital hace dos o tres años ya no está. La has buscado y cuando has dado con ella te ha dicho secamente, como que la molestabas, que se marcha lejos del centro de la isla. Le has preguntado si se iba sola y ella te ha contestado que no. Ya ha encontrado un nuevo amor que no eres tú como ella te decía mientras te curaba de algo banal pero doloroso. Luego volvisteis a veros. Les has preguntado si se acuerda de aquellos días que pasasteis juntos en su casa de la playa cerca de su hospital. Fuisteis felices como nunca, al menos esos decías tú. Pero, claro, los tiempos han cambiado. Ya no es tiempo de amar sino de esconderse para no morir. Te ha dicho adiós con una voz sin lágrimas. El amor es cosa de circunstancias. Y ya no es lo mismo. Ni te ha sonreído cuando has creído gastarle una broma. Tú te quedas con los bichos chinos y ella se va lo más lejos posible con un encantador de serpientes rubio que promete salvarla. Una vez más has perdido la partida. Pero ¿serías capaz de acordarte de cuántas veces te han mandado al carajo del infinito después de un amor con puertas de ascensores donde podrías haber encontrado a Hitchcock y a Kin Novack? El amor no es únicamente de tiempos de cólera, ni de tiempos de coronavirus. El amor es algo que ocurre una vez en la vida. Y si se te va, peor para ti.

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