Cuba, ay mi Cuba

Sergio Berrocal

Vivo en una isla africana que pertenece a España, allá abajo donde termina Europa y con el mar Mediterráneo por medio empieza Africa. Acabo de romper un vaso de colección que tenía desde 1992 y que una linda mujer con acento de las montañas suizas me había regalado durante la Exposición Universal de Sevilla. Cuántos güisquis a media luz vio pasar el pobrecito mío. Se ha caído y se ha hecho cisco. La verdad es que me alegro porque como soy supersticioso he concluido que el vaso era todo un símbolo de buena suerte. Desde 1992 que lo traje de Sevilla mucho güisqui trasegó el pobre. Supongo que debería de tener más borracheras en el cuerpo que un periodista que yo me conozco y que habla cubano, inglés y español. Ese vaso altivo y sereno que era como la cintura de una mujer joven había visto muchas cosas. Durante casi cuarenta años me acompañó a través de un montón de ciudades y de países donde era muy linda la vida.

Ha dado la casualidad de que se me ha ido de las manos, lleno y eso es lo peor, y no ha quedado ni un recuerdo. Pero estoy seguro de que tenía que ser así. Me acompañó en largas ilusiones nada menos que durante 38 años. En Brasilia conocía mi piscina mejor que yo. En Madrid se me había enamorado de una norteamericana que tenía un niño llamado Sean y con la que platicábamos largo y tendido. En mi isla africana era el fetiche al que llamaba cuando un artículo se resistía y tenía que escribir cayese quien cayeses.

Ha muerto como un soldado, combatiendo, con la panza llena de güisqui y de agua Perrier, cuando me apresuraba para encender el ordenador y contarles que llevo encerrado desde comienzo de 2020 por culpa de un bicho que el reverendo jefe de todos los chinos, un señor con pinta de chulo de Pigalle, nos mandó incluso bautizado, coronavirus. Desde entonces el mundo es cadavérico, apretujado por una enfermedad mala y traicionera. Pero los partidarios de Fu Manchu fueron así siempre. Acuérdense cuando en la plaza más pinturera de Pekín, Tien Amen, donde los tanques chinos, no sé si mandados por el mismo individuo, liquidaron a miles de personas simplemente porque querían libertad. Como en una versión horrible de “Los miserables”, que Victor Hugo hubiese escrito en un momento de vulgar borrachera de vino tinto de Borgoña.

Desde Mao Tse Tung, aquel señor que hacía construir utilizando a los chinos como palas mecánicas y luego presumiendo de haber nadado en el rio más feroz de China, el Yantsé, maldita doctrina de la que a mí me tocó un librito rojo en París cuando creíamos que los niños venían de Pekin.

Estamos encerrados esperando que la última maldad china se acabe. Y aunque todos los grandes gobiernos del mundo están de acuerdo para pedirles cuentas a China, hasta el inocente Presidente Trump creía, ya no es presidente ni es nada, que el coronavirus lo fabricaron los científicos chinos para jodernos la vida, no es seguro que nos salvemos. En Cuba, les pasa igual, salvo que además tienen falta de todo, hasta de voluntad para ir a esas tiendas gigantescas del gobierno (no olviden que Fidel ya murió y que ahora hay gente que se cree que puede reemplazarlo) La España folklórica que algunos de ustedes habrá conocido es un cementerio, no solamente por el número de muertos provocados por el regalito sino porque todo está cerrado. Imaginen España sin bares, sin restaurantes, sin copas de vino, sin gritería de cantes jondos. Imaginen España en la ruina porque el dinero se ha acabado. Esperemos que la Unión Europea eche una mano para que el pueblo pueda volver a vivir. Porque en esta patraña hay muchas víctimas.

Me cuesta tanto trabajo imaginar a España callada y asustada que ver y oír como en La Habana, la ciudad más cachonda del mundo, donde las putas tenían el nombre y apellido más bonito del universo, jineteras, sufre también la embestida del virus, se me hace espantoso. Y además escasean los alimentos. La gente se pega por un litro de aceite. Pero lo bueno es que hay muchos cubanos con cojones como los del caballo de de Espartero: ”Tengo 75 años, formo parte de ese millón de cubanos que en mayoría entregó lo mejor de sus vidas a desbrozar el camino emprendido en el 59, sin aspirar a nada a cambio, y ahora enfrenta quizá la realidad más cruel desde que todo comenzó. De haber tenido con la jubilación que me corresponde cuando la pirámide estaba invertida (antes de diciembre) habría estado con la lengua fuera como casi todos”.

Quien escribe eso es un excelente periodista, de los buenos de mi época pero aunque trabaja para un medio extranjero no le da el dinero para subsistir decentemente. Claro que tampoco hay mucho con que subsistir en las nuevas tiendas cubanas que parecen chinas de cuando Mao Tse Tung mataba de hambre a la gente. Pero tiene muchos de esos y sigue palante.

Leyéndolo, y casi llorándolo, recuerdo otras cosas escritas sobre Cuba cuando estaba Fidel y no había que echarse a la calle 14 horas para buscar alimentos. Me olvido, pues, que la Cuba que se han inventado los sucesores de Fidel son unos inútiles, incapaces de todo. Menos mal que no les ha tocado luchar contra los yanquis. Es el Apocalipsis según San Mao, para castigar a los infieles occidentales que en un tiempo, hace más de medio siglo, patearon a China. Hoy es ella la que reina en los mercados bursátiles y las que nos tiene encerrados para que no nos de el aire que puede traer el coronavirus. Y esta es una situación propicia para que en Europa también vuelvan a nacer dictadores, gente poco recomendable con el pretexto de que no hay manera de pagar al obrero y de que coma su familia.

Entiendo que se pueda ser comunista y hasta maoísta pero cuando te quieren quitar de en medio…

He sido fidelista, todavía recuerdo con el cariño que me recordaba Granma por una carta furibunda que le habíamos enviado un montón de intelectuales de todos los países a l Presidente de Estados Unidos, el honorable Bush, y lo digo en pasado porque Fidel ya se fue y ahora sus sucesores se ponen un pañuelo en la boca como signo distintivo. He adorado a Fidel porque era un hombre, no como esta pandilla que se cree que las revoluciones se hacen sentados. Él hubiera sabido qué hacer con esta pandemia que nos roe el corazón y nos quita las ganas de vivir. El Comandante hubiese puesto firme al mismísimo presidente de China, el coronavirus Xi Jinping que parece un maniquí vedette de Armani. (Es, por supuesto, una fantasía mía, pero resulta muy grato darle vueltas en la cabeza).

Fidel consiguió parar una guerra nuclear con Kruschev y Kennedy por medio, dos buenos elementos de la farándula política internacional. ¿Qué no hubiese conseguido parar lo que nos está comiendo los hígados?. Me lo imagino delante de un atril, con su uniforme verde olivo, llamado al presidente chino por su nombre y gritándole que si no repatriaba a sus coronavirus iba a tener que vérselas con él. Y si se ponía chulo le mandaba un batallón de médicos de esos que Cuba tiene para auxiliar donde haga falta.

¿Qué estoy loco? Es posible.

Pero recuerdo que en más de una ocasión, en el Malecón, cuando el viento lo convertía en piscina pública, haber oído a más de un cubano decir: “Esto, seguro que lo arregla el Comandante”. ¿Qué es mentira? Puede ser. Pero porque cosas como éstas no la escriben los periódicos cubanos en vez de gastar tanta tinta en retratitos del pasado y en jodernos la vida con sus inmensos editoriales de que van a comerse a los norteamericanos. Fidel gritaba y su voz llegaba adonde tenía que llegar. En muchos años de Cuba, a 800 kilómetros de donde yo estoy aunque un compañero pretenda que solo hay setecientos setenta y pico (¿tú nunca tuviste que aterrizar en Canadá antes de llegar a La Habana, compañero?), he visto lo que parecía un milagro.

No soy más que en un europeo que cree todavía en las utopías. Que cree en Ulises. Dentro de cincuenta años, cuando alguien hable de Fidel creerá que era otro mito griego.

Si estamos vivos para oírlo.

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