Cuba, adiós con el corazón

Sergio Berrocal

He tarareado un bolero, y no un tango, para poner punto final a unas novelillas (« Ojos verdes », « En el nombre del padre y de los hijos », « Bye, bye, Brasilia » Y “Último vuelo para Manaus”) en las que conté y volví a contar lo más espantoso que pueda suceder. Por supuesto que no hablo de los cadáveres acumulados en medio siglo de periodismo, cadáveres exquisitos a veces y otras sencillamente tiesos y quietos. Me refiero a una sola muerte. Esas tres novelas giraban alrededor de ella. Y giraban en el peor de los sentidos. No acababa de cumplir el ciclo.

Me quedaba siempre a medio trecho porque el final siempre da miedo. Con « Último vuelo para Manaus » he cumplido. Pero no era así. Ahora, mismo, 25 de enero de 2021 tengo en mi mesa llena de todo y donde no encuentras nada mi última novela, y que no habrá otra, lo juro por Jesusito. Es un remake que mi hijo Toni Berrocal me ha ayudado a componer encima de “Ojos verdes”, la primera en la que me atreví a contar la muerte de mi hija. “La muerte de la hija” se llama sin más este último testamento lleno de las mentiras e inexactitudes que requieren el llanto. Y si no les gusta lo que leen péguense un tiro con una bala magnum del 45 de las que usaba Harry el Sucio.

En este remake de crónica cubana de otros tiempos, de hace.. Alguien dirá que es muy facilón tomar como escenario de una vida una ciudad como París que se cuenta por sí sola. Y que no lo es menos pretenderse enamorado de una joya como La Habana Y terminar con el exotismo puro de Brasilia. Les juro que hubiese preferido no tener nada que hacer en ese particular triángulo de las Bermudas que ha sido el mío y no el de nadie. Y lo peor es que todo lo que cuento – mala costumbre de viejo periodista – es verdad o casi.

Porque la realidad o la verdad son conceptos irreales. Cada uno de nosotros tiene su verdad, que cree es la buena. Cada uno de nosotros tiene su realidad, que en general es lo que nos queda una vez que los años se han encargado de suavizar los recuerdos. Mi gran suerte es haber sido escribidor cuando el destino me llamó a comparecer. Imagino que de haber sido médico, fontanero o arquitecto no habría sabido cómo enfrentarme a mi puñetera realidad. Ni siquiera hubiese tenido probablemente la idea del último recurso, el de los grandes. Tan grande, tan absoluto, tan definitivo, que todas las religiones lo prohíben.

Intenté huir de mí mismo, lo que ya es correr, tratando de apasionarme por la Revolución cubana. Fallé estrepitosamente en el intento. Hay que ser cubano muy convencido para estar sacrificándose desde hace sesenta y tantos años (en el original de esta crómica decía medio siglo) en aras de una utopía por bella que sea. Luego pensé que mi ciudad de siempre, en la que crecí humanamente, París, podría amortajarme.

Forcé mucho la solución y he terminado odiándola. Luego tuve la oportunidad de vivir un trozo de mi aventura profesional en Brasil, que es como decir al margen del mundo estúpido y occidental que nos corroe. Me pareció que ese lugar podría calmar mis rencores, mis penas. Me enamoré de un sitio perdido, Brasilia, que rezuma espiritualidad y donde Jesucristo está como en su casa.

Pero no hubo milagro. Ahora estoy varado en una isla africana, al fin del mundo donde empieza el Mediterráneo de Ulises, en espera de que me toquen el último bolero. Con la esperanza de que algunos tengan a bien corearlo conmigo. Diciembre de 1985, primeros días. Nueve de la noche o algo parecido. La última función del cine Chaplin de La Habana acababa de terminar en un desorbitado baño de sangre con perros no tan rabiosos como los humanos que le hacían embestirse hasta la muerte, en medio de dentelladas asesinas, por unas míseras apuestas. Película mexicana que daría que hablar. La calle estaba animadísima en esta noche de invierno tropical con calorcito a la sombra de las farolas.

Taxis grandes y pequeños, pero todos paridos por Japón o Corea, esperaban parsimoniosamente al cliente, posiblemente como antaño de antaño lo hacían los coches de caballos a las puertas de la Opera de París. A los clásicos coches de alquiler se agregaban desde hacía poco una especie de motos con una cúpula casi futurista que parecían medias naranjas a punto de ser exprimidas y que alegraban la circulación algo complicada pese a la escasez de vehículos y a la carestía de la gasolina. Aquellos carricoches habían dado un tono surrealista a la capital del país más surrealista del mundo, el último reducto del marxismo en el Caribe y sus alrededores.

Frente al Chaplin, un supermercado modesto, donde en otros tiempos cualquier extranjero podía tomarse el clásico« buchito » de café cubano por diez céntimos de peso, en medio de la simpática curiosidad de las dependientas, siempre bonitas y sonrientes, se había transformado en un modernísimo bar que esperaba a los noctámbulos del cine. El querido buchito había sido reemplazado por bebidas más internacionales y de todo tipo a las que podían acompañar bocadillos que cualquier paladar caprichoso pudiese desear, pero ya no se pagaba en pesos sino en dólares.

Una de las últimas novedades de la Isla era la introducción abusiva del dólar como moneda oficiosa a la que había que rendir pleitesía si se quería tener acceso a cualquier cosa, desde un café con leche hasta unas latas de almejas importadas de España. A medida que esta dolarización encubierta se había extendido, en los supermercados habían aparecido productos que los cubanos ni imaginar podían con sus cartillas de racionamiento. Las contrapartida había sido esa presencia un poco insólita y abrumadora del signo monetario del país más odiado por los cubanos. Una carrera infernal para conseguir dólares convertía a mucha gente en pedigüeños sin causa. Y hoy para poder comer aunque sea picadillo de pescado, que Dios y el Diablo sabrán que es.

Luis apartó con el dorso de la mano los billetes de avión y echó una ojeada a las últimas notas de servicio de la redacción central de Bruselas y a las últimas ediciones de los diarios brasileños. Encima del montón de papeles, unas líneas de su secretaria le guiñaban una sonrisa: « Boa noite. Até amanha ». El ordenador seguía encendido. Luis giró su sillón y empezó a teclear. Sabía que era lo último que escribiría. El jueves debía regresar a Bruselas y su aventura de cuarenta años de periodismo activo acabaría. Pero antes, el miércoles, tenía previsto asistir a una de las primeras representaciones de la Opera de Manaus, inventada por los viejos barones del caucho, que en el siglo XIX, ya ni se acordaba exactamente, construyeron para su recreo, cachondeo y pruritos sexuales un teatro suntuoso que podía compararse con la Opera de París. Solo que ese teatro estaba enclavado en plena selva amazónica. Su secretaria le había hecho una reserva en el último vuelo del día para Manaus. En Brasilia, el cielo estaba negro y el aparato de aire acondicionado se peleaba perezosamente contra el calor cuando acabó la última línea. Pulsó la tecla que enviaba a la Redacción central de Bruselas y se levantó. El ascensor le llevó al piso catorce, desde cuya terraza se tenía una de las más bellas vistas de Brasilia. Vio el lago Paranoa, la avenida que todos los días le llevaba hacia el Palacio Presidencial… “Jake, escapémonos—gritó Rosie de pronto. Estaba de pie, junto al guardarropa, con un vestido al brazo-. No puedo soportar esta inquietud… Me está matando. Escapémonos a París o a La Habana y empecemos una nueva vida”.

Quise ser como la Rosie de John Dos Passos en “Manhattan Transfer” pero me salió el tiro por la culata.

Ahora amanezco en mi isla, rodeado de la gran novedad del siglo, unos bichos sin alma, coronavirus les llaman los cabrones, inventados por los chinos (ya decía el francés Peyrefitte que “El día que China despierte…”. Pues sí, están jodiéndonos. Pero hace 35 años yo acababa de descubrir Cuba, dormía en la habitación de Frank Sinatra en el Capri, según el embustero del recepcionista y a la noche siguiente conocería a una muchacha, ni jinetera ni monja, que por poco me vuelve loco en la jaula del ascensor, viejo ascensor norteamericano, del Hotel Nacional. Y luego en mi habitación, que ya nunca más veré pero sobre todo oleré. Han pasado tantos años. Han ocurrido tantas cosas. En Cuba me han despreciado gente que debería besarme las manos si era cierto lo que los malditos decían que tenía la pluma de Alicia en el país de las verdades.Hoy, casi fin de mes de enero de 2025, sigo en mi isla africana recordando lo que fue la Cuba que yo conocí, cuando Fidel Castro me hincó los ojos, los mismos de un cristo italiano que me tropecé en Roma poco antes, y me decía unas cuantas cosas que jamás he repetido.

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