Como una gaviota

Sergio Berrocal

Y de pronto sabes que ya no hay remedio para ti. La cuenta atrás ha comenzado. Nadie te hace caso. Has dejado de interesarles a todos los que bendecían tu talento, los mismos que admiraban todo cuanto escribías. Porque no eras como los demás escritores. Te daba igual que la eñe fuese una eñe o un dibujo de Walt Disney. Y viviste en la convicción de que podías con la vida, que sabías arrodillarla y hasta darle una bofetada. Pero los tiempos cambian. La gente cambia. Te dejaron de querer, de admirar, de adorar y todo se fue yendo al carajo. Ni aunque hubieses cantado un bolero con la pata de palo de Roberto Carlos te hubiesen hecho caso. La función para ti había terminado. Y ni siquiera te reservaban una butaca para que asistieras al espectáculo que ahora protagonizaban los demás. Los tuyos, tu círculo de fieles como decías en otros tiempos no tan lejanos con la boca llena, habían encontrado otros caminos y ya no le interesabas a nadie. Entonces te dijeron por la radio que había habido una invasión de bichos chinos y que el mundo ya no era el mismo. Tendrías que aprender a escribir para respetar a los nuevos dueños del universo. Ya no valían tus cachondeos y tus estupideces. Ya recibirías el protocolo de cómo escribir sin faltas de gusto. Era necesario. De ello dependía la nación. Y por muy genial que tú fueses, tenías que atenerte al nuevo orden. Todos los que fueron sus amigos estuvieron de acuerdo en que había que acatar el nuevo orden de cosas, que preveía que las mujeres blancas ya no tendrían relaciones sexuales con los hombres blancos, aunque estuviesen casados, ennoviados o amancebados. Las blancas eran para los vencedores que, magnánimamente habían previsto la llegada de barcos de tierras lejanas cargados de mujeres vulgares destinadas a la gente corriente. Nadie las había visto pero corrían rumores que eran de un color indefinible y con una contextura que recordaba más el plástico que la carne. Apenas hablaban y casi siempre aceptaban todo lo que se les pedía con un “Si bwana” que los invasores encontraban muy adecuado.

Sabía que todo tiene un fin y que por mucho que durase los intrusos terminarían por marcharse, probablemente hastiados de ver tanta mediocridad, tanta maldad, tanta estupidez humanas . Y así, fue. Al cabo de tres meses, cuando los primeros polvorones llegaban a las mesas de las familias, la televisión informó que ya no había rastro de los invasores. Y lo celebraron como si hubiesen estado en Gualdacanal y hubiesen acabado con todo el ejército japonés. Siguió escribiendo y mandando a la gente que le publicaba de vez en cuando. Pero las editoriales no querían saber nada para hacerse cargo del libro que tanto quería sacar. Un día se le había ocurrido escribir una carta al presidente de los Estados Unidos, George Bush, pidiéndole, como hacían en la misma carta cuatrocientos intelectuales más, que dejara tranquila a Cuba.

Los cubanos estuvieron encantados, un tonto más gratis, porque tienen tontos a los que protegen y ayudan mucho, siempre estaba bien. Pero cuando la editorial vio que el diario del partido comunista cubano, le dedicaba tres líneas de agradecimiento, le hicieron saber que ellos no publicaban a los amiguitos de “Fidel Castro y sus dictadores”.Lo malo es que en Cuba ya se habían olvidado que se había mojado el culo por ellos y el contrato que tenía con una agencia de prensa cubana fue rescindido de la noche a la mañana.Claro que con su temperamento de cabreo inmediato había estado a punto de agarrar por el cuello a un dirigente de la empresa periodística a causa de una película, y el orgullo no perdona. Ya le publicaban sus artículos, que antes eran citados hasta en las universidades, cuando tenían un hueco que resolver o cuando era demasiado bueno.Fue cansándose, asqueándose. Ya había borrado de su vocabulario algo que sacaba cuando las cosas no le cuadraban: “Siempre nos quedará La Habana”, en un alboroto de alegría. Ya dejó de decirlo, como tampoco decía “Siempre nos quedará París”, como le había enseñado Humphrey Bogart en “Casablanca”. Una mañana, al despertar solo, ya nadie le soportaba, se dio cuenta de que no le quedaba más que aquel pueblo de mierda, al que él llamaba de cachondeo su isla africana, y donde estaba seguro de morir. Porque el tiempo no perdona y menos los años. Cada día tenía un achaque más que le comunicaba a su médico, uno de los pocos amigos que le quedaban.

Pero al día siguiente despertó más temprano. Hacía mucho calor y buscó un poco de frescor en el ventanal de su dormitorio. Lo último que vio fue una gaviota que ya conocía, y con la que se cruzó en el aire

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