Como el leopardo muerto

Sergio Berrocal

Un día te sientes profundamente decepcionado porque acabas de darte cuenta de que no has sabido encajar los muchos fallos que has tenido en la vida. Y es peor porque te criaron hincándote en la cabeza la idea de que siempre sabrías levantarte por muy dolorosa que hubiese sido la caída. Casi todos, cuando empezamos a navegar como hombrecitos, lo hacemos convencidos de que tarde o temprano triunfaremos. Porque los héroes que has escogido en los libros o en el cine, el libro más abierto del mundo en tiempos en que había películas, te habían enseñado que siempre se podía triunfar a condición de esforzarse un poco. Que no era cuestión de suerte o desgracia sino de voluntad. Pero ahora has comprendido que nuestros héroes no son más que ideales que Alejandro Dumas, Victor Hugo o Balzac crearon en sus fantasías de novelistas. No hay victoria que dure cien años, salvo en los libros. También habíamos aprendido que había que basar nuestros objetivos de vida en la cumbre del Kilimandjaro, pese a que Ernest Hemingway, maestro de tantos imposibles, dejó que su héroe agonizará a los pies de ese monte africano, donde la leyenda dice que un día encontraron un leopardo muerto en la cumbre, como una advertencia para las ambiciones de los humanos. Pero la realidad es que todos no podemos morir en una cruz como Jesús. Tampoco todos no podemos alcanzar un Premio Nobel porque están contado y a ti te olvidaron en el recuento. Y eso que frecuentaste a un escritor al que finalmente le dieron ese premio, pero no a ti. Porque él estaba hecho para ese tipo de cosas y tú perteneces a otra brigada humana, la de los esforzados que son capaces de llegar a la mitad del Kilimandjaro, antes de que empieces a oler el cadáver del leopardo. Dicho de otro modo, eres un perdedor, uno de los muchísimos que hay en el mundo. Es cierto que siempre hay que fijarse un objetivo ambicioso, ya que de otra forma estaríamos toda nuestra existencia arrastrando los pies por el mismo camino. Pero hay que saber que aparte del talento está la ocasión, la oportunidad. Los ganadores tienen ese algo invisible que les hace estar, escribir, en el momento preciso, ni antes ni después. Justo en el sitio donde la suerte, la única, va a aparecer. Y será para el que esté allí. Como los perdedores son la mayoría, el tiempo y los fracasos, cada día más fuertes pero que te van minando y convenciendo de que podría ser peor, te resignas con ínfulas de ganador. Si yo hubiese querido… Lo que pasa es que se lo dieron a él porque su editorial… Ya se sabe, quien no tiene un buen padrino. Y así hasta que te metes en un rincón del sofá y lees la novela del vencedor. Y aunque siempre te preguntarás, hasta el final, por qué se te escapó el triunfo, la meta tan ansiada, tan trabajada, y aunque te dieran un premio de consuelo, has perdido, compañero. Y al final te meterás en el papel de perdedor, perdedor resignado, amargado, o indiferente. Hay variantes para perder y cada cual escoge la suya. Pero, qué quieres que te diga, compañero, esa carrera para subir al Kilimandjaro la habrás vivido aunque padecido. Pero, después de todo, hubo un francés que dijo en alguna ocasión que lo esencial era participar. Seguro que era un puñetero perdedor como tú.

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