Carilda, adiós

(Años de otro siglo. No conocí a esta poetisa cubana. Pero la amé)

Sergio Berrocal 

 

 

Hay mañanas en que lucen las flores, porque también ellas tienen sus caprichos, para eso son mujeres. Esta mañana, mientras me cercioraba de que el caprichoso sol había amanecido, un jazmín se asomaba, blanco, dulce, desde mi terraza, en equilibrio en su rama. Hacía días que le esperaba, que lo espiaba, porque hacía mucho que no venía a darme la alegría de la mañana. Tuve ganas de gritarle. Terminé por dedicarle la primera y única sonrisa de mi día.

Sí, ya sé, pero yo no tengo derecho más que a una sonrisa por cada 24 horas. Cosa de médicos. Dicen que es para que no me vuelva loco de tanta felicidad. Al jazmín lo he arrancado de la rama, lo he matado por egoísmo. Pero él sabe que durará toda la vida en mi corazón. Porque un jazmín sucede a otro. Es una cadena de dulzura. Mañana grandiosa en que he leído este titular del diario cubano Granma que hablando de la muerte de una de las más grandes poetisas de toda la vida que yo he vivido, Carilda Oliver Labra, cubana guapa de 96 años, titula “La mujer que ha muerto de dichosa”.

“Me desordeno, amor, me desordeno cuando voy en tu boca, demorada; y casi sin querer, casi por nada, te toco con la punta de mi seno”. Estos versos los escribió ella, Carilda, en 1949 y me imagino el torbellino que pudo armar en una Cuba en la que ni siquiera había amanecido el derecho a poder amar. Versos grandiosos, cultos, cuidados, que a Lorca le hubiesen seguramente encantado. Pero no puedo olvidar el titular: “La mujer que ha muerto de dichosa”.

Miren ustedes, no creo que nadie pueda morir de dicha, porque la dicha es lo contrario de la vida, al menos que seas Santa Teresa de Ávila y tengas la osadía de escribir, mucho antes de que lo hiciera Carilda, “Vivo sin vivir en mí/y tan alta vida espero/que muero porque no muero”. La monja que ama a Jesucristo, como está mandado en el juramento de las novicias, pero que se desespera de no poder palparlo, gozarlo y en un siglo lejano, cuando apenas casi nadie sabía escribir y menos versificar, ella, la atrevida Teresa, una Casilda adelantada a su tiempo, osa: Acaba ya de dejarme/vida, no me seas molesta;/porque muriendo, ¿qué resta,/ sino vivir y gozarme?

Ni el pecho indiscreto de la cubana llega a esta grandeza. Lo extraño es que Teresa, por muy santa que fuese, no terminase en una fogata de la Inquisición, nada santa. De Carilda solo conozco las fotos que he visto en todos estos meses, desde que supe el cuento de que Ernest Hemingway se había enamorado de ella, con ese amor silencioso del escritor, en un viaje casual que hizo a Matanzas. Me gustaría poder tener una foto, una película en technicolor y pantalla grande, de aquel encuentro entre el hombre que ha corrido la vida de un rincón a otro y la poetisa, con cara de pícara y nada tímida probablemente porque cuando se escribe lo que se escribe, señora.

Imagino la cara que hubiese puesto el norteamericano si alguien le hubiese recitado esos versos: “Me desordeno, amor, me desordeno cuando voy en tu boca, demorada; y casi sin querer, casi por nada, te toco con la punta de mi seno”. Seguramente Hemingway no la hubiese dejado escapar. La habría tomado como si estuviese a la búsqueda del arca perdida, y se la hubiese llevado en una lancha rio abajo o rio arriba, que yo no sé. No creo que hubiese dejado pasar tamaña ocasión. Quizá hasta la hubiese encerrado en una de sus islas de pirata.

Y a lo mejor, pero estos son elucubraciones mías, se hubiese acordado de algunos de los versos de Santa Teresa, y hubiese enamorado a Carilda recitándoselos con ese acento yanqui que no perdió nunca.

Ayer, en una crónica para Newsonmagazzine, la periodista cubana Viviana Núñez la admiraba con estas palabras: Se casó tres veces; su último esposo, quien la acompañó hasta su muerte, era décadas más joven que ella; su poesía inundó el mundo y casi era obligado para famosos llegados a la isla ir a visitarla. Pero Carilda se quedó en Matanzas y murió en Matanzas, allí donde escribió: “Y mi suerte de fruta respetada arde en tu mano lúbrica y turbada como una mal promesa de veneno; y aunque quiero besarte arrodillada, cuando voy en tu boca, demorada, me desordeno, amor, me desordeno”. Dios mío, y yo pasé mis primeros años en Cuba buscando el lugar de la playa donde el viejo y el mar pudieron haber existido. Qué bruto. No supe de su existencia, de la existencia de la poeta, me gustaba más poetisa, hasta que era demasiado tarde. Hubiese querido verla, tocarle la punta de los dedos y oírla recitarme cuando “te toco con la punta de mi seno”.

Y en esta mañana brumosa de finales de mundo, cuando una flor de jazmín, la más bella, la más fiel, la que nunca te olvidará, se me ha ofrecido como un seno loco, se me vienen a la cabeza versos de Federico García Lorca:

Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

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