Bailen, bailen, malditos

Sergio Berrocal Jr.

Estoy sentado en el sofá del salón, no tengo otro, para qué me servirían dos sofás para un salón o dos salones para un sofá… Es tarde para un día sin sol y sin gente por la calle. Los turistas ya no existen y mi isla africana se queda en manos de sus habitantes, que no tienen bares cuando quieren, ¿y qué hace un español sin bares?, y tienen que tomarse una taza de café o un vino, que no sé si eso ya existe, casi a escondidas del coronavirus que acecha. No me lo he pensado más y he saltado del sofá a la televisión que emitía una película del oeste de los años cincuenta. He caído en los decorados, pobres y donde se habla inglés. Salté para fuera. Tengo que ir donde el bicho chino no pueda alcanzarme. En la cadena 2 hay un documental sobre la Antártida. Pero desisto. Me moriría de frío Llamo a un amigo médico que se pone muy nervioso cuando le hablo, porque dice que si no estoy loco me faltan tres cuartos de hora para estarlo. Le explico mis temores con el bicho y le pregunto por una unidad psiquiátrica que no esté lejos de casa, pero sin bichos, le preciso. Porque en este país al mismo tiempo que cierran los bares cierran los manicomios, porque es como un pecado para una civilización. Un antiguo residente en uno de esos lugares, que ahora está en casa, me asegura que allí no hay bichos chinos porque les tienen miedo a las batas blancas y a los electrochoques, que oficialmente no existen.

Mientras espero la llamada de mi amigo me acuerdo de todos los momentos felices pasados en esta isla de mierda pese a los feroces inspectores de Impuestos que son más canallas que los coronavirus. A Messi y a mí nos tienen fichados. Yo, mientras solo se metan con él y a mí no me pidan más dinero… Mi amigo el galeno me llama por fin. A falta de unidades de locos, me aconseja que vaya a residir una temporada a un puticlub o más vulgarmente casa de putas. Tendré que consumir algo y me saldrá caro pero me asegura que los coronavirus son muy religiosos y huyen de esos lugares de pecado. Indago sobre Cuba, ya que allí, aunque tienen el mismo problema, celebran el Día del Amor. Tal vez lo hacen para engañar al enemigo yanqui y en realidad es el único lugar del mundo donde no existen bichos chinos.

Estoy seguro de que los cubanos han montado toda una táctica de guerra diciendo que sufren también la pandemia, que preparan vacunas y bla, bla bla, Mentiras, todo mentiras probablemente. No quieren que nadie lo sepa y por eso pocos aviones pueden volar a Cuba.

Por el momento me he instalado en el puticlub adonde me ha llevado el taxista al que alimento desde siempre. Es mi espía. Le interrogo como hacía la Gestapo y confiesa que él también se refugia entre las mujeres de mala vida porque son las más sanas del país. A él también le han contado que los coronavirus pertenecen a una vieja religión tibetana, prohibida por el mono de Pekín, que castiga con los peores horrores toda relación con carne no bendecida por ellos mismos. Y como en el Tibet no hay putas… Ya llevo ocho días encerrado en el “Olé”, que oficialmente es un bar de carreteras corriente y moliente pero que alberga el mayor prostíbulo de la región. Dicen que ni en Francia encuentras algo parecido.

Comparto habitación con una chilena que ya lleva cuatro años aquí y dice que mientras no desaparezcan los bichos ella no se mueve. Y eso que en un pueblo de los alrededores de Santiago le espera su novio con el traje blanco. Pero ella le ha convencido de que es enfermera en un gran hospital y que tienen que estar presente las veinticuatro horas, porque, agrega, Europa está en guerra “aunque ustedes no lo sepan”,.

Me estoy acostumbrando a esta vida bonita. Las muchachas son encantadoras conmigo y me están enseñando muchas cosas. La rusa me habla de “Cuando pasan las cigüeñas” y le he prometido que cuando acabe esta pesadilla la llevaré a ver la película. Eso en cuanto los feos bichos se marchen o se ahoguen en el mar.

Silvana, mi compañera de cuarto, se está enamorando de mí. Esto me puede traer problemas y para tratar de zafarme le cuento que tengo novio y que me voy a casar con él en cuanto pueda. Pero la tía es muy lista y cuando ha podido revolcarme dos o tres noches se ha dado cuenta de que en realidad estoy enamorado de ella.

Desde que he entrado en este convento ella ha dejado de servir a los clientes, y como los patrones del puticlub se fueron y prometieron no volver hasta que termine la pandemia, estamos muy requetebién.

Silvana es una verdadera geisha y yo le estoy enseñando francés y modales que antes no conocía. Juntos hemos visto la película “Belle de jour” de Luis Buñuel en la que Catherine Deneuve es una mujer de la alta sociedad que tiene la manía de ser puta por nada. Silvana me dice que la tía es una masoquista y le he prometido comprarle en cuanto salgamos el mismo abrigo que lleva la actriz.

Nos llegan rumores de que los coronavirus están embarcando en el puerto de mi isla y haciendo preparativos para marcharse. Al parecer, el amo de china les ha encomendado otra misión. Ni ella ni yo queremos creerlo. Vivimos tan a gusto.

–¿Te imaginas que estos bichos quieran engañarnos y nos estén esperando a la vuelta de la esquina?

Las otras muchachas ya empiezan a pensar en marcharse porque sus chulos les dicen que los bichos se están yendo decepcionados.

Desde los balcones podemos ver a los coronavirus derrotados, parecen asqueados, insatisfechos. Y Lili, una francesita muy mona, se ha inventado un estribillo que pone a los bichos muy nerviosos: “¡¡Danzad, danzad, malditos!!”, les grita por uno de los balcones.

Ha llegado la hora. Silvana está muy triste porque piensa que la olvidaré en cuanto dejemos este puticlub que ha sido nuestra arca de Noé.

La radio y la televisión afirman que los bichos han abandonado nuestro planeta. Agrega que ha habido terribles matanzas porque cuando se han hecho visibles para embarcar en un Boeing de la Twenty Century Fox la gente los ha apedreado a muerte.

Después de esta matanza, les ha llegado la orden de replegarse inmediatamente y sin combatir.

Me ha tocado el momento de volver a mi sofá, a mi canapé, a mi casa. Pero, ¿cómo voy a vivir de nuevo como antes después de esto?

Silvana me ha dado la solución y me he quedado a vivir en el puticlub con el nombre cambiado. Ahora me llamo Roberto Stack y ejerzo la profesión de hombre para todo. Silvana está esperando su primer hijo y hemos decidido mantener el mito de los coronavirus para que nadie se atreva a romper nuestra paz.

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