Anais Nin, la mujer

Sergio Berrocal

He tenido que pasar toda una vida, hecha de buenos, malos momentos y otros peores, para darme cuenta de que la había vivido a la sombra de mujeres cuya única ambición era dominar al hombre, machacarlo, quererlo a ratos porque también existen necesidades, menos fuerte en ellas que en ellos.Empiezo a creer que Ulises era un embustero y su famosa y recatada esposa, la dulce Penélope según los cuentos de un ciego, una mujer ansiosa de poder y de dominación. Nos cuentan que mientras Ulises andaba por esos mares donde no tenía nada preciso que hacer, ninguna misión urgente que cumplir, ni siquiera la compra, Penélope se defendía del asalto de los machos sedientos de sexo y aburridos de la vida que la cortejaban diciendo que ya veríamos cuando terminase una alfombra que estaba tejiendo. ¿Quién puede creerse que en una isla perdida como Ítaca, entrando por Grecia y saliendo por el horizonte, hubiese hombres tan estúpidos para pensar que una belleza, una reina, tejía mientras su esposo, el rey de Ítaca, andaba luchando contra las tentaciones que le cantaban las sirenas, entregándose al amor de brujas y otras mujeres perversas, enamoradizas y maravillosas?Los hombres siempre han sido estúpidos, crédulos, porque cuando Adan y Eva inauguraron esas relaciones tan absurdas como la de un hombre y una mujer; a él le otorgaron el papel de macho porque tenía un pene. Ella era la sometida porque además de ser la zorra que le llevó a pecar y a perder el paraíso con el primer bocado en la manzana, necesitaba al hombre únicamente para tener descendencia.

El imbécil de Adán era un Ulises sin barco y con menos cerebro. Se dejaba manejar y a sí, dicen algunos, nació el mundo y florecieron niños engendrados por una madre a la que prestaba un poquito de esperma, un líquido mil cabezas que preparaba el vientre de la mujer para dar descendencia. Penélope pudo tener diez niños si en lugar de ser una aburrida, según la versión oficial, con su manía de tejer, hubiese dado paso en la cama ancha y cómoda del ausente Ulises a los enamorados pretendientes que esperaban en el salón. O es posible que no le interesaran los hombres más que para explotarlos y que prefiriera la compañía de las damas que noche y día debían rodearla. Si no, no se entiende cómo autorizó a Ulises a ausentarse veinte o treinta años.

La mujer ha sido siempre el elemento fuerte de la pareja. Ella manda desde la cocina a la cama. Se tienen niños cuando ella lo ordena y el marido, el esposo, el amante o lo que sea, solo tiene una utilidad meramente mecánica. Porque si es justo reconocer que el amor entre dos mujeres es de una belleza insospechada, el amor entre un hombre y una mujer es casi obsceno.

Probablemente por eso el hombre es un violador y la mujer raramente viola.Pero fíjense cuando dos amigas se encuentran y se abrazan. Son achuchones amorosos disimulados por el hecho de que los machos no admiten a priori que dos mujeres puedan ser pareja y que muchas mujeres todavía no lo han entendido. Las parejas homosexuales se han consagrado hace ya mucho tiempo como una rareza pero que existe y tiene hasta matrimonio. Pero, fíjense en dos hombre haciendo el amor en la cama. Es de lo meno agradable, antinatural y forzado.

Observen a dos mujeres en la misma posición. Es una sinfonía, una dulzura que no tiene nada del atropello que se produce entre dos hombres y que es todo belleza, dulzura y ternura. Ignoro por qué la mujer se muestra tan reservada en sus relaciones con otra mujer cuando cualquier movimiento entre ellas, probar un vestido, toda la seda de unas medias, es puro amor que no oculta ni fuerza nada. Es probable que conozcan a una escritora cubano-francesa llamada AnaÏs Nin , que tuvo como pareja a alguno de los hombres más brillantes de la literatura, como Henry Miller, quien probablemente fue además de su amante su padrino de letras, enseñándole a escribir novelas pornográficas como él solo sabía hacerlo, con infinita ternura y un arte de amar exquisito.

Anais Nin no era ni una pervertida ni nada que se le pareciese. Para ella el amor era algo que se ejercía como un ejercicio de piano, aunque ella prefiriera tocarlo con mujeres que, naturalmente, la entendían mejor. A lo largo de sus setenta y tantos años de vida (nació en 1903 y falleció en 1977) recorrió el mundo escribiendo y amando sin que nadie pudiese nunca calificarla en un bando u otro. Los hombres la adoraban –Henry Miller era un gran conocedor de todo lo que fuera sexo– y las mujeres la veneraban.

En sus libros, sus famosos diarios que escribió durante muchos años, de París a Nueva York, podrían ser leídos por un lector formado pero sin inclinaciones sexuales especiales. Anais decía que le gustaba hacer el amor solo cuando estaba enamorada. Y entre sus amores había hombres y mujeres, por supuesto. “Ella no se sentaba al lado del hombre si no que se arrodillaba. Sus generosos senos se salían fuera del sostén. De rodillas hacía lo que más le gustaba, el ritual de caricias con sus manos cubiertas de joyas y una boca ávida. Su lengua encontraba todos los lugares secretos que sus dedos no habían podido explorar”.

Se dice, pero siempre ha quedado un poco en la penumbra, que estaba enamorado de su padre con el que mantenía apasionadas relaciones sexuales. Hay un párrafo en uno de sus diarios donde cuenta cómo plena del semen de su progenitor, se levanta de la cama cuidadosamente y recoge en una toalla el fruto de aquel encuentro, para que no se desperdiciase ni una gota.

La he leído mucho y repetidamente lo cual no es fácil porque su escritura nada tiene que ver con la de su padrino-amante-esposo Henry Miller que describe el sexo sin intenciones literarias. Anais Nin es una literaria. Y en medio de un capítulo, te sorprende: “El libro que hay que leer a orillas del mar es Proust. El ritmo de sus frases es parecido al de las olas del mar. Yo las observaba como iban a morir, rodar, caer y retomar aliento para inflarse y caer nuevamente. El ruido de resaca de las frases de Proust que corren sin parar y vuelven atrás. Proust, el único que sabía que el amor puede ser una enfermedad, puede obsesionar, devorar, destruir”.

La ternura con la que habla de este escritor francés, el más enigmático, del que nunca se pudo saber si era cierto que lo que más le gustaba era tomarse un té con magdalenas en su cama, es aleccionador y demuestra que era una mujer de una sensible cultura, fina y escurridiza. La leo en francés porque probablemente era la lengua que más le gustaba, pero es muy difícil seguir sus filigranas. Quizá por eso solía escribir mucho en inglés. Anais, la mujer que ya no existe, la mujer que amaba a los hombres. Con la misma perdidión que un hombre sensato ama a una mujer. Hasta el paroxismo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!